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domingo, 3 de marzo de 2024

Paramos alcarreños

¡Hola de nuevo!

Después de que la tarde del día anterior cayera una buena nevada, los prometidos paisajes primaverales de la alcarria quedaron cubiertos por un extenso manto blanco de nieve que cubría todo cuanto se veía. Los olivos, los almendros y los sembrados se llenaron de nieve. Fue una salida muy especial, llena de paisajes con nieve y muchas especies, aunque el frío se notó en la presencia de algunas aves, sin embargo disfrutamos de una jornada fantástica de campo con nieve, milanos, picogordos y mucha lavandera blanca sobre la nieve.

Conejo europeo (Oryctolagus cuniculus)

sábado, 13 de enero de 2024

Lagunas de Villafáfila

¡Hola de nuevo!

Ya es costumbre que cada enero hagamos una visita a la Reserva Natural de las Lagunas de Villafáfila. Después de tantos años (aquí nuestra primera visita) ya es parte de nosotros. El sitio es una maravilla y la igual que el año pasado, la reserva está a tope de agua. Esto favoreció que la visita fuera todo un éxito. Esteparias, acuáticas y grullas no faltaron en nuestra visita. Pero sin duda lo mejor sucedió al final del día ¿Os lo cuento?

Bando de avefría europea (Vanellus vanellus) y chorlito dorado (Pluvialis apricaria)

lunes, 18 de diciembre de 2023

Alto Tajo

 ¡Hola!

Tras el éxito rotundo de nuestra visita al Alto Tajo de noviembre, repetimos este mes de diciembre la salida, en esta ocasión con el grupo de personas que no pudo asistir en noviembre y alguno más. A excepción de algunos cambios la ruta fue muy similar y también fue perfecta. Pudimos adentrarnos en los hoces horadadas del Tajo descubriendo la riqueza de sus sierras y bosques e incluso nos acercamos a escuchar al búho real al atardecer. Fue una excursión redonda donde la única baja fue el dichoso treparriscos que este año se niega a aparecer. Os cuento lo bien que lo pasamos y las anécdotas que surgieron durante la excursión ¡Vamos allá!

Bando de buitre leonado (Gyps fulvus)

jueves, 23 de noviembre de 2023

Acuáticas y esteparias

 ¡Hola pechiazules!

Esta vez hemos estado por la Comunidad de Madrid. Nuestro objetivo era visitar, en el mismo día, dos ambientes diferentes: las artificiales lagunas asociadas al curso del Jarama al sur de la capital; y los extensos llanos de la alcarria madrileña. De esta forma iríamos principalmente en busca de aves acuáticas y esteparias. Noviembre es un mes muy interesante para acudir a cualquier humedal de la Comunidad de Madrid. Muchas especies de aves acuáticas acuden a estas láminas de agua para buscar refugio durante el invierno. Mientras en los llanos, las esteparias forman bandos numerosos para protegerse frente a posibles depredadores. ¿Queréis saber qué especies vimos? ¡Vamos a ver esa crónica!

Cuchara común (Spatula clypeata) izquierda y avutarda común (Otis tarda) derecha 

jueves, 9 de noviembre de 2023

Alto Tajo

¡Hola pechiazules!

Esta vez os cuento nuestra visita al Alto Tajo, uno de los espacios protegidos más grandes de la Península. En su inmensidad, los cañones, hoces, bosques infinitos y parameras, crean un mágico y hermoso lugar de gran riqueza y biodiversidad. Evidentemente no pudimos visitar el total del parque, pero sí algunos de sus rincones más valiosos. Fue un fantástico día de otoño, con muy buenas observaciones de aves aunque algunas se nos quedaron para otra visita. Os lo cuento todo más abajo. ¡Empezamos!

Buitre leonado (Gyps fulvus)

miércoles, 20 de junio de 2018

Los 5 gorriones

Hacía tiempo ya que queríamos presentaros el quinteto de gorriones que tenemos en España. En otras ocasiones os hemos mostrado otros géneros o familias, como los cormoranes, los estorninos, los colirrojos, los acentores o los chorlitejos, incluso en febrero de este mismo año os presentamos al mismísimo gorrión alpino. Sin embargo queremos que este post sea especial y sirva para que todos conozcamos un poco mejor a los gorriones que viven asociados a nuestras actividades.

Macho de gorrión común (Passer domesticus) en el tejado de un edificio.
Macho de gorrión común (Passer domesticus).
En el tejado de un edificio.


martes, 4 de octubre de 2016

Rincones del Lozoya

Tranquilamente y con un tentempié, se puede disfrutar de un paseo agradable por el valle de uno de los afluentes del Jarama, el Lozoya. Rápidamente una diversidad de fauna se cruza en tu camino, a escasos metros de donde aparcaste el coche. Lavanderas boyeras, escribanos soteños, urracas o tarabillas una verdadera maravilla por la que envidiar a los vecinos de este precioso valle.


El susurreante sonido del río comienza a guiarte hacia el interior de un robledal, todavía verde gracias a la humedad que inunda el ambiente. El viento mueve las hojas y se percibe la ligera entrada del otoño cuando algunas de sus hojas comienzan a caer al suelo. Entre tanto, un pequeño duende entra en escena, un duende ruidoso y nervioso. Mueves la cabeza a un lado y al otro intentando evitar las ramas que no te dejan ver bien y consigues dar con él, se trata de un arrendajo euroasiático. 

Arrendajo euroasiático (Garrulus glandarius).
Atención a las marcas azules de las alas, un diseño único de esta especie.

Como sabes que es uno de los córvidos más bonitos, te quedas observándole saltar de rama en rama hasta que entra en la densidad del bosque y tu vista no logra distinguirlo. ¡Qué hermoso encuentro! Aunque son relativamente grandes, son bastante asustadizos e huidizos por lo que dar con él ha sido gratificante aunque haya sido por unos minutos. 

Continuas caminando con los sentidos en alerta, pues sabes que todavía es la época en la que las aves cantan casi sin descanso. Por si fuera poco, te encuentras en el valle del Lozoya, uno de los mejores bosques donde poder escuchar un reclamo muy peculiar que comienza a resultarte familiar. Es el canto del mosquitero papialbo el más pálido de los mosquiteros (género Phylloscopus).

Mosquitero papialbo (Phylloscopus bonelli)
De vientre pálido y colores pardos claros, entona su reclamo chu-ii

No quitas la vista del fresno en el que se encuentra, porque a pesar de que está cantando delante de tus narices, no consigues distinguirlo bien. ¡Por fin! Ahí esta, visible sobre una rama pero claro, cómo lo iba a ver si apenas supera los 7 gramos. Lo cierto es que hay que ver lo sorprendentes que son estas aves, con su diminuto tamaño y son capaces de estar atravesando ahora mismo el desierto más cálido del mundo en dirección a sus cuarteles de invernada.

Mientras avanzas por ese camino, que parece que se lo va a tragar el bosque, otros habitantes le dan encanto al recorrido. Sus cantos y sus colores la verdad es que son únicos, asique, cámara en mano te quedas mirando entre el sotobosque y las ramas más bajas de los fresnos y los robles, esperando impaciente que aparezca el ave de pecho rojo, el petirrojo europeo, bastante más confiado que el resto de especies forestales.

En su lugar, y en ramas algo más altas, avanza sin discreción un precioso macho de pinzón vulgar. Por supuesto no desaprovechas la oportunidad para tomar unas fotos de esta especie tan gregaria en invierno, pero que todavía se la puede ver en parejas o en solitario.

Pinzón vulgar (Fringillia coelebs) macho.
Posado se le diferencia correctamente, mientras que en vuelo hay que fijarse en esas marcas blancas.
Petirrojo europeo (Erithacus rubecula) con ceba.
Entre las ramas bajas o en la madera caída, se deja ver con facilidad.

Finalmente y después de que el pinzón se marchara, logras dar con el hermoso petirrojo europeo, al que en estos instantes le dan los rayos del sol justo en la pechera anaranjada, destacando mucho más este color único del bosque. Una imagen que plasmas en tu cámara y que quedará como recuerdo. Entre tanto, este petirrojo sigue buscando a su pequeñajo de pintas claras, que le espera en los alrededores.

Aunque parezca extraño, no es el único que todavía está pendiente de sus pollos. En cuanto se empieza a abrir el bosque y los primeros grandes árboles aparecen destacando sobre los demás, se deja ver fácilmente, en lo alto de estos, una silueta conocida, esta vez acompañada de tres cabecitas pedigüeñas.

Cigüeña blanca (Ciconia ciconia) nido con pollos.
Estas grandes estructuras necesitan estar apoyadas sobre un buen árbol, para evitar accidentes.

De menor tamaño, pero también pendiente de cada movimiento de su madre, el pollo de colirrojo tizón se mantiene cerca de la antigua ubicación del nido, un muro de piedra que separa las grandes dehesas que comienzan a cubrir la superficie del valle del Lozoya. Los fresnos dispersos y el pequeño pastizal de herbáceas es el lugar de caza y por tanto la despensa que ayudará a sus progenitores a llenar el buche de este insistente pollo.

Colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros) pollo y hembra.
Vigilante desde el muro, el pollo está atento a los movimientos de su madre a la espera de comida.

Según avanzas por el camino,vas fijándote que poco a poco y cada vez más el bosque va dejando claros a uno y otro lado del camino, dejando visible el interior de algunas de estas fincas con matorral o bosque adehesado. Esto provoca una aumento de la diversidad y comienzan a aparecer aves menos forestales y propios de terrenos abiertos y con matorral.

Este es el caso de la especie emblema del valle, el alcaudón dorsirrojo, perseguidor de grandes escarabajos y el más norteño de su género (Lanius). Su distribución se reduce a la mitad norte de la Península y algunas cordilleras con bosques húmedos como este. ¡Menuda suerte!

Alcaudón dorsirrojo (Lanius collurio).
El valle del Lozoya es un buen enclave, pues la Sierra de Madrid goza de una buena población.

Las aguas que provienen del Lozoya y nutren estos terrenos, afloran en determinados tramos de la ruta tan pictórica por la que vas avanzando. En ese preciso momento se forman una serie de encharcaciones que atraen, y mucho a pequeños grupos de aves que aprovechan estas oportunidades para bañarse e hidratarse, sobre todo ahora de madrugada.

Mirlos, pinzones, petirrojos y otras especies más tímidas se acercan a saciar su sed y darle un lavado a su plumaje. Esta es una buena oportunidad y te quedas mirando, viendo como delicadamente sumergen su pico, o como chapotean para que el agua les empape las plumas. Entre tanto te sorprendes al ver que una de las especies que se ha acercado a este "oasis" en la curruca mosquitera, poco común y de difícil identificación.

Curruca mosquitera (Sylvia borin)
Su aspecto recuerda al de un mosquitero, pero presenta un collar gris en el que hay que fijarse.

Como vas viendo, el bosque comienza a transformarse en una dehesa de fresnos y otras especies. Con el agradable sonido del agua del Lozoya sigues el camino, que ahora atraviesa zonas bastante abiertas donde especies como el cantarín escribano triguero te da la bienvenida con su inconfundible reclamo. Otra especie que también utiliza los terrenos abiertos con cierto arbolado como escenario para sus trinos, es la curruca zarcera a la que sorprendes entonando uno de sus reclamos.

Escribano triguero (Emberiza calandra)
Sobre una rama seca y visible, se le puede oír desde casi cualquier lado.
Curruca zarcera (Sylvia communis) macho.
Es muy fácil verla cantar en lugares como este, donde se la identifica fácilmente.

El calor que todavía precede al otoño comienza a apretar y vas buscando sombra a lo largo del recorrido. Paras al fresco de un alto fresno y te sientas a tomar un poco de agua y reponer fuerzas, pues ya has recorrido gran parte del valle. En el tiempo que te tomas para coger aire y estirar las piernas, una gran sombra se dibuja en el suelo. Levantas la vista con la mano a modo de visera para evitar los rayos intensos de luz, y ves, en la copa de uno de los chopos que acompañan al Lozoya una gran corneja negra. Quizás espere a sus compañeras o esté ahí sola por algún  motivo hasta ahora desconocido.

Tras un rato largo, te pones en pie y sigues adelante con tu travesía, mirando hacia algo que se mueve en la rama de un árbol. Sacas los prismáticos y ves una pequeña gorriona con una extraña mancha amarilla. ¿Pero qué...? En seguida caes en que se trata de un gorrión chillón y no de una hembra de gorrión común. Menuda confusión más tonta.

Corneja negra (Corvus corone)
Un tamaño medio y su pico menos robusto, son las claves para diferenciarla del cuervo.
Gorrión chillón (Petronia petronia)
Su presencia es muy típica de dehesas, casetas o cantiles.

La presencia de este último habitante delata lo cerca que comienzas a estar de algún núcleo de población. Sus nidos los instala en ruinas, puentes o casas de labranza aunque también en otros sustratos más naturales. Sin embargo, una red de cableado de teléfono también hace evidente que estás llegando a algún pueblo de la sierra madrileña. Estos cables en ocasiones sirven a muchas aves para posarse y cantar sin reparo o para calentarse al sol de madrugada.

Seguro que antes los has visto llenos de estorninos, palomas torcaces, urracas, tórtolas y en ocasiones alguna rapaz. Por el camino que recorres y según avanzas, son los carboneros comunes o el serín verdecillo los que "cuelgan" esta vez, añadiendo un poco de color a tan feo cableado. Sin embargo, la que más llama tu atención es la golondrina común, que se posa en uno de los cables y deja ver su garganta de color rojo intenso.

Carbonero común (Parus major) macho
Sale de su lugar favorito, el bosque, para posarse en este cable, donde es más visible.
Serín verdecillo (Serinus serinus) macho
Llamativo y colorido, el verdecillo prefiere en ocasiones entonar su reclamo desde aquí.
Golondrina común (Hirundo rustica)
Muy habitual verlas colgadas de estos cables en o cerca de núcleos rurales.

Ahora sí, entras dentro del pueblo que llevas intuyendo desde hace un par de kilómetros. El olor a leña, a pan recién hecho y a sierra, mejoran con creces el aspecto del pueblo ya de por sí encantador. Geranios colgando de los balcones, puertas de las casas abiertas, y artículos artesanales en las tiendas de la plaza te hacen dejar de prestar atención a las aves por un momento. Aunque tarde o temprano vuelves a mirar para arriba, y es estos tejados están repletos de pequeños grupos gorriones o machos de estornino común entonando para sus chicas.

Gorrión común (Passer domesticus) macho.
Sobre los tejados se va moviendo a saltos en busca de semillas.
Estornino negro (Sturnus unicolor) macho.
Las largas plumas de la garganta delatan el sexo de este estornino.

Tras este pequeño pero intenso viaje a través de algunos de los rincones más mágicos del valle del Lozoya, se puede observar que desde los bosques más densos hasta los pequeños y encantadores pueblos por los que pasa este río tan entrañable, existe una diversidad única, un tesoro del que pueden presumir orgullosos los vecinos del valle. Ahora solo nos queda una tarea, cuidar este tesoro.

martes, 27 de septiembre de 2016

Aves de la campiña

Existen una gran variedad de hábitats que las aves eligen para encontrar pareja, alimentarse o construir su nido. Cada uno de ellos tiene unos valores muy importantes que en muchos casos no somos capaces de apreciar, pero que para ellas son imprescindibles. Las aves de la campiña también han sabido encontrar esos factores que hacen de este ecosistema un lugar para quedarse.


Cuando vas paseando por un denso bosque, entre otras cosas, aprecia los árboles, la tranquilidad, los olores a pino o roble, etc. Mientras que, quizás, el pequeño herrerillo que observas con tus prismáticos, encuentra en este bosque un mundo de posibilidades, oquedades donde anidar, follaje tras el que protegerse, humedad, alimento, etc. En definitiva una serie de factores que marcan la diferencia entre un ecosistema hecho o no para vivir en él. 

Entre la gran diversidad de hábitats que recorren nuestro territorio, existe una serie de extensiones de terreno llano con parte de su superficie dedicada al cultivo. Estos campos o campiñas gozan de un mosaico vegetal en el que pueden encontrarse pequeñas y reducidas estepas, campos cultivados y otros abandonados que han dejado paso a matorrales y herbáceas.

Cardos, amapolas y otras hierbas con flores y semillas aprovechan estos abandonos para salir adelante en una tierra de origen fértil. Todas estas flores, que crecen en primavera, han sido uno de los factores para que se puedan ver grandes bandos de jilgueros aleteando en colores amarillos y negros intermitentes. El indiscriminado uso de herbicidas para parar el avance de este tipo de plantas evita que crezcan tales formaciones y por tanto desaparecen las poblaciones de estas aves.

Jilguero europeo (Carduelis carduelis).
Con su pico acabado en punta consigue hacerse con las semillas de los cardos.

Si hay un paseriforme que haya encontrado en las campiñas las necesidades básicas como para considerarlo su hogar, este es el escribano triguero. Es la banda sonora de este lugar, una especie emblemática de los cultivos y las campiñas con cierto porcentaje de arbolado disperso. Sus nombres en español y en inglés, corn bunting (escribano del maíz), dejan muy clara su predisposición por este enclave.

Escribano triguero (Emberiza calandra).
Desde perchas como esta entona su característico canto.

Y es que, la abundancia de alimento en los campos de cultivo, que forman parte de este ecosistema, atraen a una fauna singular. Muchas aves y algunos pequeños mamíferos acuden para alimentarse del grano cultivado. La abundancia de roedores entorno al trigo o la cebada y la diversidad de reptiles que, gracias a las condiciones meteorológicas, se mueven a sus anchas, son dos de los factores por los que el aguilucho cenizo, especie icono de este hábitat, prefiere campear sobrevolando estos terrenos en busca de presas como estas. El uso de raticidas o venenos para proteger las cosechas, pueden acabar, no solo con las presas del aguilucho, sino también con muchos ejemplares que ingieran por error estos bocados mortales.

Aguilucho cenizo (Circus pygargus) macho.
Su vista y su capacidad para campear largas distancias son muy útiles en la campiña.

Los roedores, las aves y los reptiles no son los únicos beneficiarios de tan diverso ecosistema. Un pequeño grupo de animales, que en ocasiones pasa desapercibido, también comparte nicho en la campiña. Nos referimos a los invertebrados, tan pequeños y con ese papel tan grande que es la polinización. Desafortunadamente para ellos, aquí se convierten en un blanco fácil para muchas aves que también han de trazar sus estrategias de supervivencia. El abuso de insecticidas, diezma las poblaciones de invertebrados y por lo tanto las de aves insectívoras.

Cogujada común (Galerida cristata).
Uno de los depredadores de insectos en la campiña.

Es muy común que los campos abandonados que ya han pasado por un proceso de colonización por especies herbáceas, alcancen el siguiente paso dentro de la sucesión vegetal. Comienzan a crecer sobre estos terrenos pequeños y aislados matorrales, que entre otras cosas cambian el aspecto del hábitat y por lo tanto los recursos. Las retamas u otros matorrales o plantas leñosas con frutos más carnosos comienzan a ofrecer alimento a aves como el verderón común o las currucas.

Verderón común (Chloris chloris) macho.
Las relamas son de las primeras plantas leñosas en aparecer tras el abandono.
Curruca cabecinegra (Sylvia melanocephala) macho.
Las especies anteriores a la campiña vuelven a surgir, como esta quercínea.

La siega de los cultivos, ya sea cebada, trigo u otro cereal, pone en peligro los nidos de nuestra rapaz de la campiña. Sin embargo, si se hace con cuidado evitaremos este daño y además, los restos de dicha siega serán un recurso alimenticio más para aves tales como los estorninos que, a pesar de que duermen en zonas más rurales, se alimentan en este tipo de hábitats. Con una buena gestión estaremos beneficiando a varios grupos de aves y evitaremos males mayores.

Estornino negro (Sturnus unicolor) pollo del año.
Aprovechan la vegetación de los alrededores de las casas de labranza para poner sus nidos.

Es muy común que cerca de los terrenos trabajados, exista un pequeño núcleo de población, donde las posibilidades se vuelven a multiplicar y muchas especies encuentran oportunidades y ventajas en esta mezcla de campiña y hábitat rural. Es el caso del cada vez más escaso gorrión o la tórtola turca, un caso totalmente opuesto ya que sus poblaciones pasan por un momento de crecimiento y expansión.

Tórtola turca (Streptopelia decaocto) pareja.
Posadas en los cables de las afueras de las poblaciones.
Gorrión común (Passer domesticus) macho.
Granívora por excelencia, está sufriendo un retroceso a causa del abandono de las zonas rurales.

Los alrededores de pueblos y aldeas de tradiciones agrícolas, estrechamente relacionadas con la campiña suelen albergar también una pequeña fauna alada bastante típica de este ecosistema. Urracas y otros córvidos que se alimentan tanto en los campos como en estos núcleos urbanos, golondrinas, que sobrevuelan al ras los cereales capturando en vuelo insectos voladores, pero que necesitan de una buena pared vertical para construir sus nidos y otras aves, como el gorrión chillón que se deja ver en ocasiones por campiñas con un poco más de relieve o con taludes, donde anida la especie.

Golondrina común  (Hirundo rústica)
Descansando en un cable,elemento asociado artificial de los entornos rurales.
Gorrión chillón (Petronia petronia)
Los cables son un recurso territorial, desde donde cantar y reclamar un área de cría.

A lo largo de la campiña, existen una serie de pequeñas dehesas creadas por el abandono de pequeños cultivos arbóreos como los olivos. Entre sus troncos vuelan, currucas, pardilllos o tarabillas, un pequeño grupo de aves que han encontrado un nicho perfecto para explotar. Los pa´ridos, como el herrerillo o el carbonero se desarrollan con soltura en un ecosistema de este tipo. Las orugas y otros invertebrados que forman parte de su dieta abundan en estos entornos, además de que la madera abandonada posee oquedades en las que nidificar.

Carbonero común (Parus major) macho.
Colgado de esta  valla, trae una ceba para sus pollos, que se encuentran en un olivo cercano.
Herrerillo común (Cyanistes caeruleus).
Los troncos de los olivos abandonados son perfectos para nidos tan bien protegidos como este.

Es bastante habitual que en las cercanías de nuestra campiña, se extienda el serpenteante curso de un río o un pequeño arroyo. Esto se debe a la necesidad de este recurso para que los terrenos mantengan algo de humedad, o para abastecer pueblos como los anteriores. En su orilla, crece sin apenas freno, un pequeño bosque de ribera en el que se pueden escuchar los cantos del ruiseñor común, o el "tur tur" de una especie también de la campiña y no tan restringida al bosque de ribera como el ruiseñor, la tórtola europea, ave del año 2015, considerada como tal por sus problemas de conservación.

Ruiseñor común (Luscinia megaryhnchos) cantando.
Sus melódicos trinos resuenan en el estrecho bosquecillo que nutre las tierras de labranza.
Tórtola europea (Streptopelia turtur).
Su típico canto, frecuente en primavera, se oye cada vez menos en los campos de rastrojos.

Los problemas de conservación que desgraciadamente abundan en un ecosistema aparentemente pobre, pero con una riqueza tan especial, están a la orden del día y por lo tanto es importante diseñar estrategias que permitan frenar las problemas y amenazas que tantos efectos negativos tienen sobre las poblaciones de aves y otros animales.

Casos como el de la Campiña sur de Extremadura, donde desde el año 2004 se declaró como ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) y que se viene gestionando como parte de la Red Natura 2000, es un claro ejemplo de que existe algo de esperanza que nos invita a ser optimistas en cuanto a la conservación de las campiñas y su habitantes.

martes, 8 de marzo de 2016

Patones, hogar del pico menor

Situado al nordeste de la Comunidad de Madrid, Patones es uno de lo municipios con un importante desarrollo del turismo rural. Quizás se deba al atractivo de sus paisajes y la singularidad de sus pueblos y sus habitantes. En general el entorno esconde un entrañable ambiente que invita a adentrarse en lo más profundo de sus pequeños bosques y montes.

Camino que recorre un importante bosque de galería de fresnos, chopos

En su extensión se encuentra la presa del Pontón de la oliva, cuyo entorno se preserva bastante bien a pesar de las obras y construcciones de las infraestructuras hidráulicas. Es fácil ver fresnedas, pinares algún que otro roble suelto y de vez en cuando alguna encina. Por supuesto las retamas y otra vegetación arbustiva como zarzas, jaras y tomillos ofrecen más alternativas para el desarrollo de las especies de aves.

Para visitarlo nos acercamos a uno de los aparcamientos que se encuentran en la subida de la carretera M-134, en dirección El Atazar. Desde ahí ya se acercan algunas aves a nuestra llegada, como la lavandera blanca que delata la presencia y cercanía del propio embalse; o el petirrojo europeo que si llegamos de madrugada puede deleitarnos con sus preciosos cantos matutinos. Con unos cuanto minutos más en el aparcamiento podemos llegar a ver algún que otro agateador europeo o incluso bandos ruidosos y numerosos de rabilargo ibérico. Existe la posibilidad, si vamos durante el invierno, de ver bandos nutridos de varios ejemplares de gorrión chillón, sin duda una sorpresa bastante agradable.

Lavandera blanca (Motacilla alba) muy asociada a lugares concierta presencia de agua.
Petirrojo europeo (Erithacus rubecula) a pleno pulmón.
Su canto se encuentra entre uno de los más apreciados dentro de las aves ibéricas.
Tres rabilargos ibéricos (Cyanopica cookii) los colores azulados de esta especie la hacen inconfundible.
Entrañable imagen de un bando de gorriones chillones (Petronia petronia).
Su llamativa ceja clara por encima del ojo permiten diferenciarlo del resto de los gorriones.

Una vez hayamos pasado unos minutos en el aparcamiento merece la pena acercarse un poco hasta el Embalse del Pontón de la Oliva para intentar divisar algunas especies propias de los roquedos que escoltan los lados de dicha construcción. Antes de la llegada al embalse, un camino de retamas y poco arbolado esconde mitos, carboneros comunes y pinzones vulgares. También es probable que varios bandos de gritonas chovas piquirrojas pasen sobrevolando nuestras cabezas y certificando nuestra aproximación a los cortados del embalse.

Mito común (Aegithalos caudatus) en grupos de varios individuos van saltando de rama en rama.
Se ven muy graciosos, su cuerpo redondeado acaba en una larga y fina cola.
Carbonero común (Parus major) en los pocos arboles que hay hasta el embalse se pueden observar páridos como este.
Pinzón vulgar (Fringillia coelebs) cantarín frigílido que también adorna esta "entrada" al emablse.
Uno de los bandos de chova piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax) que se pueden ver por Patones.

El camino circula por uno de los laterales a una considerable altura, desde la cual podemos obtener una preciosa perspectiva de los aviones roqueros, observables en cualquier época del año, que vuelan seguros por encima de nuestras cabezas. Si avanzamos por este camino deberemos hacerlo con cautela, puesto que pasa muy cerca de la pared rocosa y podemos espantar a las grajillas occidentales o al esquivo roquero solitario. Si dedicamos unos segundos a mirar hacia abajo, tendremos la posibilidad de ver mirlo acuático jugueteando en el curso del río, alguna que otra curruca capirotada en busca de insectos. Puede ser que en nuestra estancia cerca del aparcamiento no hayamos sido capaces de dar con el gorrión chillón, pues este es el momento, a la citada especie le encanta situarse en la propia estructura del embalse a tomar baños de sol.

Avión roquero (Ptyonoprogne rupestris) en la zona de los cortados del embalse.
Pareja de grajilla occidental (Corvus monedula) en una de las grietas de los roquedos.
El roquero solitario (Monticola solitarius) es una especie propia de estos entornos tan rocosos.
Macho de curruca capirotada (Sylvia atricapilla)
Pareja de gorrión chillón (Petronia petronia).
Les encanta situarse en la propia estructura a tomar el sol al amanecer.

Una vez nos hemos adentrado en embalse es hora de dar media vuelta en dirección al aparcamiento, para retomar la carretera M-134 que va hasta El Atazar. Pararemos justo en el kilómetro 2 donde empieza una ruta que discurre por la linde de un pinar. Ahí hay una pequeña explanada para dejar los coches y una barrera que no permite el paso a vehículos. Desde ahí sale la ruta que nos llevará al magnífico encuentro con una especie icono. Hasta llegar allí se recorren, por un lado un pinar que permite ver arrendajo euroasiático, zorzal común o escribanos montesinos; y jarales y retamares por el otro donde las cogujadas comunes se pueden asustar a nuestro paso. Durante la ruta no faltan los avistamientos de grandes rapaces como las dos grandes necrófagas de nuestra fauna, el buitre leonado y el buitre negro. Cicleando para coger altura, posado en los montes de alrededor, o simplemente de paso. 

Cogujada común (Galerida cristata) a uno de los lados del camino.
Buitre negro (Aegypius monachus) en uno de sus campeos en busca de alimento.

Durante nuestro trayecto pasaremos por una casa abandonada, la antigua Casa de la Tejera donde un inquieto colirrojo tizón nos invita a pararnos en un entorno enzarzado, donde otras aves como petirrojos europeos, tarabillas europeas o currucas cabecinegras pueden ser avistadas entre majuelos, jaras y enebros. Según pasamos la Casa de la Tejera, el arbolado se abre paso y pinzones vulgares y herrerillos comunes se alimentan de los pequeños brotes de una fresneda que parece comerse el espacio dejado por el río.

Macho de tarabilla europea (Saxicola rubicola)
Herrerillo común (Cyanistes caeruleus) según nos vamos acercando a la fresneda.

Una vez dentro no debemos perdernos ni un solo movimiento, en completo silencio, viendo cómo agateadores europeos y trepadores azules ocupan prácticamente cada fresno, cómo suben y bajan, se ponen del revés y trepan con tanta facilidad. Pero no hay que dejar que ni ellos ni los bandos de jilgueros lúganos nos distraigan durante mucho tiempo, porque es posible que demos con el más pequeño de nuestros pájaros carpinteros, el pico menor. Con aproximadamente 15 cm de longitud este diminuto carpintero del tamaño de un pinzón, se mueve con facilidad por la fresneda que va paralela al río. Sorprende además de verlo, oírlo, porque su pequeño tamaño no le impide golpear fuerte a la madera para sacar las larvas de las que se alimenta y es que en cuanto a fuerza no tiene nada que envidiar al resto de carpinteros. Está claro que para el pico menor el tamaño no importa.

Agateador europeo (Certhia brachydactyla) sin ningún problema asciende por el tronco de los árboles.
Trepador azul (Sitta europea) recurriendo a una de sus despensas en la grieta de este tronco.
Un nutrido bando de jilguero lúgano (Carduelis spinus).
Este bando,con machos y hembras, se alimenta en invierno de las semillas de los fresnos.
La especie estrella, el pico menor (Dendrocopos minor).
A parte de su tamaño, su píleo rojo y su dorso más manchado lo diferencian del resto de los picos.