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martes, 31 de octubre de 2017

Tras los mirlos capiblancos

Hola a todos de nuevo.

En esta ocasión os muestro algunas aves que vimos en una excursión al Parque Nacional de Guadarrama, en una subida al pico de Peñalara. El principal objetivo de la excursión era ver y fotografiar la llegada de los mirlos capiblancos que año tras año paran en las cumbres madrileñas durante sus movimientos migratorios.

"Si quieres venir a verlos con nosotros tenemos una excursión organizada para observar mirlos capiblancos el próximo 24 de octubre de 2020. Más información y reservas aquí"

El mirlo capiblanco (Turdus torquatus) es muy parecido al mirlo común pero a diferencia de este esta condecorado con una amplia medalla blanca en forma de babero que le cubre todo el pecho. En España únicamente se puede ver durante el periodo reproductor en las grandes cadenas montañosas del norte de la Península, al llegar el invierno muchas aves europeas atraviesan iberia para invernar al sur del viejo continente o al norte de África. Algunos ejemplares se quedan en pequeñas poblaciones invernantes en la mitad oriental de la Península Ibérica.

Para encontrar a estos mirlos que solo se ven a finales de octubre en Madrid, tuvimos que andar un buen rato hasta llegar a las Lagunas de Peñalara, donde son más fáciles de avistar. Por el camino muchas otras aves de las cumbres salieron a nuestro paso para deleite de todos los asistentes. Madrugamos y llagamos a Puerto de Cotos a la salida del sol, aunque la mañana salió fría el cielo estaba despejado y parecía que iba a ser un gran día.

Subida a Peñalara desde Puerto de Cotos tras los mirlos capiblancos.
Subida a Peñalara desde Puerto de Cotos tras los mirlos capiblancos.

martes, 29 de marzo de 2016

La diversidad de la Costa da Morte I

La Costa da Morte es una región de Galicia que recibe este nombre por su mala fama. La enorme cantidad de barcos que antaño perecieron frente a las rocosas costas y los fuertes oleajes que en ocasiones hacen prácticamente imposible la navegación son los dos causantes de tan peculiar nombre. Su historial de naufragios es bastante extenso, pero coincide que la biodiversidad también forma largas listas de especies, que en algún caso se trata de rarezas. Recorrer todos sus puntos de interés en un día es, ante todo una tarea muy complicada, hacen falta varios días para realizar paradas en todos los cabos y playas que permiten cierta observación de aves.

Las olas rompen fuerte contra las picudas y rígidas rocas que recorren toda esta costa.

Playa de Baldaio

Situada en Carballo y lo más al norte de Costa da Morte, se encuentra separada por una barrera natural de arena, a pesar de lo cual, sigue recibiendo un aporte directo del mar, lo que genera subidas y bajadas de marea a lo largo de toda su superficie, facilitando la creación de diferentes ecosistemas en toda su extensión.

Situación de playa de Baldaio
Playa de Baldaio desde arriba, las zonas poco inundadas y las más profundas ofrecen dos tipos de ambientes.
Bonita estampa de la Playa de Baldaio, hombre marisqueando.

Desde el lado izquierdo de este enclave se divisa la zona más inundada. Un denso pinar en el que resuena el grito del busardo ratonero decora el camino hasta allí, donde se puede situar uno cómodamente para observar las aves a este lado más profundo. Cormoranes grandes, alguna que otra gaviota y varias ardeidas patrullan las aguas en busca de pescado.

Busardo ratonero (Buteo buteo) en el pinar mencionado.
Su grito más o menos lastimero se puede oír a largas distancias y se sospecha que son llamadas territoriales.
Cormorán grande (Phalacrocorax carbo) engullendo un pez que el mismo ha pescado.
Estas aves son de las pocas que pueden bucear cómodamente en entornos marinos.
De hecho se trata de una especie que se acerca bastante a los buceadores.
Garceta grande (Egretta alba) la más grande de todas, se puede ver la diferencia de tamaño con la garceta a su lado.
Es largo cuello de esta especie es como una ballesta acabada en un fuerte y apuntado pico que le sirve para pescar.
Tres garcetas comunes (Egretta garzetta) son habituales del entorno.
Hay que fijarse que esta especie lleva "calcetines" amarillos, una curiosa característica que facilita su identificación.

Gaviota patiamarillla  (Larus michahellis) en uno de los muros que separan la Playa de Baldaio.

En el otro lado de la playa hay un observatorio de aves que permite divisar las limícolas cuando la marea está baja y la época lo permite. Un camino que sale desde la playa permite recorrerla de cerca una parte. Desde ahí se pueden ver bastantes más gaviotas, bandos de cientos y miles descansando en las playas. Aunque la verdadera belleza reside en su vuelo, verlas levantarse todas a la ver es un fenómeno que admirar, reidoras, sombrías, patiamarillas y alguna especie interesante como el charrán patinegro. En las zonas menos profundas abundan grandes limícolas como las agujas y los zarapitos.

Bando enorme de varias especies de gaviota, una imagen preciosa.
Gaviota reidora (Chroicocephalus ridibundus) con plumaje invernal.
Esta especie, cuando llega la época reproductora, da la sensación de que se pone una capucha negra.
En invierno tiene el aspecto que se muestra en la imagen, que da la sensación de que lleva orejeras para el frío.
Pareja de charrán patinegro (Starna sandvicensis) mientras baja la marea.
El característico pico de la especie recuerda a un lápiz, pues su punta es amarilla.
Bando de aguja colipinta (Limosa lapponica) su pico recuerda al de un aguja de costura, de sonde le viene el nombre.
Varios zarapitos reales (Idunea opaca) su pico es completamente diferente.
Su nombre viene del gallego "zara-pico" que hace referencia a esa forma tan peculiar.
Corneja negra (Corvus corone) en las zonas de la playa no es raro observar a esta especie.
Su presencia en parte se debe a la disponibilidad de alimento, desechos que trae la marea, restos de presas, etc.


En el trayecto de lado a lado se pasa por varios campos y campiñas que albergan otras aves interesantes, son aves de los arbustos y zonas más rurales, la mayoría asociados a huertos, cultivos o la propia estructura del pueblo como  los muros que sirven de lugar de nidificación al colirrojo tizón:

Acentor común (Prunela modularis).
Esta especie es especialmente más abundante aquí que en otros lugares de la geografía española.
Jilguero eruropeo (Carduelis carduelis)
Sus cantarines bandos invernales adornan con colores los cultivos del entorno de Baldaio.
Macho de colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros).
Poco a poco se está haciendo más dependiente de los pueblos.
Muros y antiguas construcciones son el lugar ideal para que esta especie críe.
Zorzal común (Turdus philomelos).
Se le puede ver en los linderos de los bosques y por las zonas arboladas de las huertas.
Además de los dos lados de la playa, uno se puede adentrar en pasarelas y caminos que van más al interior, donde no hay tanta influencia de agua salada y la vegetación crece mejor por la arena inundada:

Archibebe claro (Tringa nebularia) moviéndose por la vegetación.
Cormorán grande (Phalacrocorax carbo) con las alas abiertas, una postura muy habitual en esta especie.
Sus costumbres nadadoras y buceadoras mojan mucho su plumaje que necesita secarse de esta manera.
Otra ardeida, la garza real (Ardea cinerea) patrula también las orillas en busca de pequeños vertebrados.
Cuando sale de entre la vegetación del fondo de la playa de Baldaio es más visible.
Su elegante andar no es más que una estrategia depurada de caza, así sus presas no le detectan, es el conocido acecho.
Gaviota argentea europea de 1er invierno (Larus argentatus).
La identificación de las gaviotas es bastante complicada y aun más en sus plumajes juveniles.
A pesar de ello la árgentea es algo más fácil sus colores más claro son una pista importante.
Hembra de aguilucho lagunero occidental (Circus aeruginosus) también en busca de presas.
La zona del fondo de la playa tiene cierta parte colmatada de juncos y carrizos, hábitat de esta elegante rapaz.
Entrañable pareja de ánade azulón (Anas platyrhynchos)
La zona azul que se le ve a la hembra es el espejuelo y varia de especie a especie, lo que permite su identificación.
En este caso es azul, motivo por el cual quizás la especie tenga el nombre del mencionado color.
Macho de ánade friso (Anas strepera), un poco más solitario que los azulones.
En esta especie el espejuelo es de color blanco a pesar de que en la foto no se aprecie.

Islas Sisargas

Se encuentran situadas en Malpica, al oeste de la playa de Baldaio y son dos grandes islas que albergan comunidades de aves marinas. Su difícil acceso permite mantener la colonia de gaviotas sobre todo. Aunque se encuentran un poco alejadas de la costa, se pueden observar con cierta facilidad aunque es preciso disponer de material óptico que nos permita acercar la vista a sus acantilados y su superficie.

Desde el Cabo de San Adrián se ven con facilidad las islas.
Si no hace mal tiempo se puede ver el otro lado de las costas.
Vista desde San Adrián de una de las islas.
Débilmente se aprecia la cantidad de aves marinas que descansan sobre su superficie. 
Lo cierto es que desde aquí se ve poca variedad, gaviotas en su mayoría, pero es también un buen lugar para ver a los alcatraces atlánticos y sus famosos picados que les permiten pescar desde el aire. Se puede pasan un buen rato, pues hay posibilidad de ver pasar alguna rareza durante el invierno.

Alcatráz atlántico (Morus bassana) en una de sus ascensos para lanzarse en picado.
En ocasiones pudimos observar algunas gaviotas hostigando al alcatráz que terminó por irse de la escena. 
Bisbita pratense (Anthus pratensis) es habitual en el cabo de San Adrián.
La vegetación rala y matorralizada es el lugar por donde se mueven pequeños bandos de cuatro o cinco bisbitas.
Y hasta aquí el primer relato e itinerario fotográfico de la Costa da Morte. La semana que viene nos adentraremos en la enorme lengua de arena de la Ensenada de A Insua y conoceremos la riqueza de la Laguna Traba, un humedal apartado del mundo donde veremos especie soprendentes. Espero que os haya gustado, no os perdáis la entrada de la semana: La diversidad de la Costa da Morte II


martes, 16 de febrero de 2016

Montaña y ecosistema alpino

A los más montañeros les gustará conocer la gran variedad de especies que abundan por los escenarios de sus duras travesías. En ocasiones cuando estamos en una marcha, pensando en nuestras cosas, meditando o simplemente conversando con nuestro compañero, no atendemos a lo que ocurre a nuestro alrededor. Nos encanta disfrutar de un ecosistema único una maravilla pero que está librando una batalla silenciosa, ¿quieres sumergirte con nosotros para averiguar cuál? Adelante.

Montaña y ecosistema alpino, motivo de este artículo.

¡Bienvenido de nuevo! Seguro que has sido capaz de notar en tus travesías, en las rutas que preparas por la montaña o las serranías algunos de los principales efectos de los cambios altitudinales y si no es así, atento que es sencillo. Seguro que lo primero que notamos al subir es la necesidad de ponernos algo más de abrigo, quizás unos guantes, un gorro o una bufanda. Algunos necesitamos pronto una cantimplora de agua para combatir la fatiga. 

A los 900 metros de altitud la temperatura media puede encontrarse entre 12 y 16º C, lo cual esta bastante bien para nosotros, un poco de fresco, pero soportable. Por esas alturas, más o menos encontramos todavía algunas poblaciones donde el protagonista del 2016 todavía mantiene efectivos intentando soportar estas temperaturas medias anuales. Nos referimos al gorrión común. Los recursos en los ecosistemas rurales todavía son abundantes. O bien en cultivos pequeños y barbechos o incluso de los desperdicios generados por los habitantes.

Macho de gorrión común (Passer domesticus) en un pueblo de la Sierra de Madrid.

Por encima de esta altitud y llegando hasta los 1.700 metros la temperatura baja considerablemente hasta los 8º C de media anual. El frío empieza a ser considerable y nos encontramos con los pisos de vegetación que mejor empiezan a soportar las bajas temperaturas. Robledales como este dejan los caminos llenos de color "otoño".

Robledal de melojo (Quercus pyrenaica) primeros pisos.

Algunos córvidos prefieren no ascender mucho en altitud y acuden a las pocas tierras de labor y pastizales para ganado que quedan, para sacan provecho allí de los recursos que encuentran. A especies como la corneja negra se las puede ver en estos pisos o incluso en algunos más bajos. Casi siempre en parejas o grupos pequeños generando la mayoría de las veces disputas y regañinas por pequeños pedazos de alimento.

Corneja negra (Corvus corone) una vez alcanzados los 1.700 metros de altitud.

Las partes más altas ya comienzan a estar ocupados por bosques de coníferas y pinares. Según ascendemos encontramos especies más resistentes al frío, Por lo tanto es posible encontrarse con un piso intermedio de reducidas extensiones antes del pinar, bosques de haya. Hasta aquí se puede encontrar fácilmente alimento, pues roble y haya ofrecen unos frutos accesibles a casi todas las aves. Sin embargo, el pinar genera un fruto cerrado casi herméticamente a las que solo las que posean un pico más potente podrán hincarle el diente.

Pinares de pino albar (Pinus sylvetris) en el siguiente piso bioclimático.

Entre los troncos de los pinos tres aves pelean de forma competitiva por hacerse con un manjar, una gran reserva de proteínas, las larvas de xilófagos. Estos son artrópodos que se alimentan de la madera y cuyas larvas también comparten esta peculiar dieta. La ventaja es que estas larvas son relativamente fáciles de encontrar para este trío de aves. Nos referimos al críptico agateador común, al potente y colorido pico picapinos y al agradable trepador azul. En cada tronco de cada pino de estos bosques peculiares se puede ver subir escalando de forma acrobática a uno, al otro o incluso al tercero, a cualquiera de los tres.

Agateador europeo (Certhia brachydactyla) pasando casi desapercibido.
Pico picapinos (Dendrocopos major) intentando abrir una piña.
Macho de pico picapinos (Dendrocopos major)
Además de en los bosque más altitudinales, también se encuentra en frondosas menos elevadas.
Pico picapinos (Dendrocopos major) los colores rojos, negros y blancos le dan cierta belleza.
Trepador azul (Sitta europea) tras inspeccionar el hueco de un pino.

Las grande rapaces como el buitre leonado también se puede observar cuando el bosque clarea y deja espacio para ver el cielo. Sin embargo si miramos al suelo podemos encontrarnos dos aves tremendamente comunes, el carbonero común y el mirlo común. Ambas han colonizado gran parte de los ecosistemas arbolados sino todos, incluyendo los parques y jardines urbanos. (Ver "Nuestros desconocidos vecinos alados"). Aquí intentan hacerse con lo que puedan, lombrices, otros invertebrados, frutos de majuelos y zarzas, etc.

Buitre leonado (Gyps fulvus) fácil de ver y diferenciar por su cola redondeada y sus colores pardos
Pareja de carboneros comunes (Parus major) llamativos colores para este suelo tan marrón.
Las acículas del pino no permiten que crezcan las semillas de otras plantas, por lo que son una despensa perfecta.
Pareja de mirlo común (Turdus merula) dos machos inspeccionando el terreno blando.
Aquí pueden encontrar lombrices u otros invertebrados.

Una de las cosas que más me gusta, si me lo permitís, es ver los inquietos bandos de mitos de aquí para allá y de esa rama a esa otra, meneando sus largas colas que bien podrían ser las de unos ratoncillos. Sus discretos sonidos no pasan inadvertidos para nuestras curiosas miradas. ¡Me encantan! Un rato después, cuando empiezan a aparecer las primeras paredes de roca sale otra ave de cola inquieta, el más común de los inquilinos del roquedo, el colirrojo tizón

Mito común (Aegithalos caudatus) uno de los integrantes de estos grupos tan dinámicos.
Macho de colirrojo tizón (Poenicurus ochruros) sobre las rocas graniticas.

Aparecen ya pasados los 1.700 los auténticos cazadores del pinar. ¿Quiénes se os ocurre que pueden ser? ¿Algún felino? ¿Una rapaz? Sencillamente un par de especies, el reyezuelo sencillo y el reyezuelo listado. ¿Cazadores? Pero si apenas superan los 5 gramos. Pues sí, son unos auténticos cazadores de mosquitos y arañas que son tan pequeños que casi son invisibles para nosotros. 

Reyezuelo sencillo (Regulus regulus) marcado píleo colorido.
Reyezuelo listado (Rgulus ignicapilla) su píleo también tiene estos colores.
Distinguible por la línea blanca que le recorre todo el ojo (brida).

Al alcanzar las primeras cumbres, el bosque casi desaparece, dejando a la vista el hábitat del grandioso buitre negro. Elegante plumaje y potente vuelo para una rapaz muy amenazada, entre otras a causa del indiscriminado uso de venenos que de forma ilegal y no selectiva acaba con depredadores de todo tipo y tamaño. 

Preciosa estampa del cicleo de tres buitres negros (Aegypius monachus).
Buitre negro (Aegypius monachus) sobrevolando las fresnedas, su lugar de campeo.

Por último, las zonas más montanas, de nieves casi permanentes o al menos presentes, llegan las zonas por encima de 2.100 metros de altitud donde los pocos árboles se quedan ridículos a causa del viento, la temperatura media puede ser de menos de 4º C. Aquí las piñas son el principal objetivo de unos especialistas de hacerse con las semillas de su interior, el piquituerto común. La característica forma de su pico le permite colarse de forma ventajosa en esta competente lucha por los escasos recursos que la montaña y su bosque ofrecen. De los restos que quedan tras el paso de los piquituertos y rebuscando un poco más entre las piñas y sus brácteas se puede sacar provecho, y es lo que hacen carboneros garrapinos y herrerillos capuchinos las dos eternas aves de los bosques de coníferas.

Hembra de piquituerto común (Loxia curvirostra) con su característico pico.
Todavía alimenta a uno de los últimos pollos de la nidada de este año.
Aquí el susodicho juvenil de piquituerto común (Loxia curvirostra)
Carbonero garrapinos (Periparus ater) rebuscando entre las piñas caídas.
Herrerillo capuchino (Lophophanes cristatus) aprovechando las brácteas que caen tras el paso de los piquituertos.

Por último y casi en la cumbre más alta aparece el acentor alpino, sencillo de diferenciar por su base del pico amarilla, sus motas blancas en las coberteras y los flancos del vientre de color tostado.Sin duda es el que más complicado lo tiene. Pero ahí arriba se puede encontrar algo de alimento, por el suelo donde se hace con insectos o semillas o aprovecha las miguitas de los bocatas de los montañeros, un gesto muy entrañable y que nos acerca a este pequeño y misterioso habitante misterioso. 

Acentor alpino (Prunella collaris) en una de las cumbres de la Sierra Madrileña
Silueta del acentor alpino (Prunella collaris) en ocasiones las condiciones son muy duras a más de 2.000 m
Acentor alpino (Prunella collaris) junto a la nieve y la niebla que cubre las cumbres.

Como habréis observado, los recursos escasean y las temperaturas bajan, según ascendemos.Sin embargo la naturaleza despliega sus mejores versiones de adaptación para poco a poco abrirse camino entre los pisos bioclimáticos más elevados.  Realmente hay una lucha silenciosa y no violenta por hacerse con más y más recursos, ya que los pocos que hay, en ocasiones, son además poco nutritivos. Esto es lo que los ingleses llaman "The Wild Life".