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miércoles, 21 de abril de 2021

Robledales del Escorial

Arrendajo euroasiático

Ha llegado la primavera, una época de cambios y abundancia, donde los días se hacen más largos y cálidos. Y no hay mejor manera de vivir esta época que adentrándose en uno de los muchos robledales que adornan la Comunidad de Madrid para ser testigos de cómo la nueva orla forestal, que viste de intensos verdes las laderas, acoge a muchos migradores estivales y a las atareadas parejas que trabajan sin descanso para sacar adelante sus pollos. Por eso hace unas semanas decidimos adentrarnos en un pequeño bosque de las laderas de El Escorial.

martes, 4 de octubre de 2016

Rincones del Lozoya

Tranquilamente y con un tentempié, se puede disfrutar de un paseo agradable por el valle de uno de los afluentes del Jarama, el Lozoya. Rápidamente una diversidad de fauna se cruza en tu camino, a escasos metros de donde aparcaste el coche. Lavanderas boyeras, escribanos soteños, urracas o tarabillas una verdadera maravilla por la que envidiar a los vecinos de este precioso valle.


El susurreante sonido del río comienza a guiarte hacia el interior de un robledal, todavía verde gracias a la humedad que inunda el ambiente. El viento mueve las hojas y se percibe la ligera entrada del otoño cuando algunas de sus hojas comienzan a caer al suelo. Entre tanto, un pequeño duende entra en escena, un duende ruidoso y nervioso. Mueves la cabeza a un lado y al otro intentando evitar las ramas que no te dejan ver bien y consigues dar con él, se trata de un arrendajo euroasiático. 

Arrendajo euroasiático (Garrulus glandarius).
Atención a las marcas azules de las alas, un diseño único de esta especie.

Como sabes que es uno de los córvidos más bonitos, te quedas observándole saltar de rama en rama hasta que entra en la densidad del bosque y tu vista no logra distinguirlo. ¡Qué hermoso encuentro! Aunque son relativamente grandes, son bastante asustadizos e huidizos por lo que dar con él ha sido gratificante aunque haya sido por unos minutos. 

Continuas caminando con los sentidos en alerta, pues sabes que todavía es la época en la que las aves cantan casi sin descanso. Por si fuera poco, te encuentras en el valle del Lozoya, uno de los mejores bosques donde poder escuchar un reclamo muy peculiar que comienza a resultarte familiar. Es el canto del mosquitero papialbo el más pálido de los mosquiteros (género Phylloscopus).

Mosquitero papialbo (Phylloscopus bonelli)
De vientre pálido y colores pardos claros, entona su reclamo chu-ii

No quitas la vista del fresno en el que se encuentra, porque a pesar de que está cantando delante de tus narices, no consigues distinguirlo bien. ¡Por fin! Ahí esta, visible sobre una rama pero claro, cómo lo iba a ver si apenas supera los 7 gramos. Lo cierto es que hay que ver lo sorprendentes que son estas aves, con su diminuto tamaño y son capaces de estar atravesando ahora mismo el desierto más cálido del mundo en dirección a sus cuarteles de invernada.

Mientras avanzas por ese camino, que parece que se lo va a tragar el bosque, otros habitantes le dan encanto al recorrido. Sus cantos y sus colores la verdad es que son únicos, asique, cámara en mano te quedas mirando entre el sotobosque y las ramas más bajas de los fresnos y los robles, esperando impaciente que aparezca el ave de pecho rojo, el petirrojo europeo, bastante más confiado que el resto de especies forestales.

En su lugar, y en ramas algo más altas, avanza sin discreción un precioso macho de pinzón vulgar. Por supuesto no desaprovechas la oportunidad para tomar unas fotos de esta especie tan gregaria en invierno, pero que todavía se la puede ver en parejas o en solitario.

Pinzón vulgar (Fringillia coelebs) macho.
Posado se le diferencia correctamente, mientras que en vuelo hay que fijarse en esas marcas blancas.
Petirrojo europeo (Erithacus rubecula) con ceba.
Entre las ramas bajas o en la madera caída, se deja ver con facilidad.

Finalmente y después de que el pinzón se marchara, logras dar con el hermoso petirrojo europeo, al que en estos instantes le dan los rayos del sol justo en la pechera anaranjada, destacando mucho más este color único del bosque. Una imagen que plasmas en tu cámara y que quedará como recuerdo. Entre tanto, este petirrojo sigue buscando a su pequeñajo de pintas claras, que le espera en los alrededores.

Aunque parezca extraño, no es el único que todavía está pendiente de sus pollos. En cuanto se empieza a abrir el bosque y los primeros grandes árboles aparecen destacando sobre los demás, se deja ver fácilmente, en lo alto de estos, una silueta conocida, esta vez acompañada de tres cabecitas pedigüeñas.

Cigüeña blanca (Ciconia ciconia) nido con pollos.
Estas grandes estructuras necesitan estar apoyadas sobre un buen árbol, para evitar accidentes.

De menor tamaño, pero también pendiente de cada movimiento de su madre, el pollo de colirrojo tizón se mantiene cerca de la antigua ubicación del nido, un muro de piedra que separa las grandes dehesas que comienzan a cubrir la superficie del valle del Lozoya. Los fresnos dispersos y el pequeño pastizal de herbáceas es el lugar de caza y por tanto la despensa que ayudará a sus progenitores a llenar el buche de este insistente pollo.

Colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros) pollo y hembra.
Vigilante desde el muro, el pollo está atento a los movimientos de su madre a la espera de comida.

Según avanzas por el camino,vas fijándote que poco a poco y cada vez más el bosque va dejando claros a uno y otro lado del camino, dejando visible el interior de algunas de estas fincas con matorral o bosque adehesado. Esto provoca una aumento de la diversidad y comienzan a aparecer aves menos forestales y propios de terrenos abiertos y con matorral.

Este es el caso de la especie emblema del valle, el alcaudón dorsirrojo, perseguidor de grandes escarabajos y el más norteño de su género (Lanius). Su distribución se reduce a la mitad norte de la Península y algunas cordilleras con bosques húmedos como este. ¡Menuda suerte!

Alcaudón dorsirrojo (Lanius collurio).
El valle del Lozoya es un buen enclave, pues la Sierra de Madrid goza de una buena población.

Las aguas que provienen del Lozoya y nutren estos terrenos, afloran en determinados tramos de la ruta tan pictórica por la que vas avanzando. En ese preciso momento se forman una serie de encharcaciones que atraen, y mucho a pequeños grupos de aves que aprovechan estas oportunidades para bañarse e hidratarse, sobre todo ahora de madrugada.

Mirlos, pinzones, petirrojos y otras especies más tímidas se acercan a saciar su sed y darle un lavado a su plumaje. Esta es una buena oportunidad y te quedas mirando, viendo como delicadamente sumergen su pico, o como chapotean para que el agua les empape las plumas. Entre tanto te sorprendes al ver que una de las especies que se ha acercado a este "oasis" en la curruca mosquitera, poco común y de difícil identificación.

Curruca mosquitera (Sylvia borin)
Su aspecto recuerda al de un mosquitero, pero presenta un collar gris en el que hay que fijarse.

Como vas viendo, el bosque comienza a transformarse en una dehesa de fresnos y otras especies. Con el agradable sonido del agua del Lozoya sigues el camino, que ahora atraviesa zonas bastante abiertas donde especies como el cantarín escribano triguero te da la bienvenida con su inconfundible reclamo. Otra especie que también utiliza los terrenos abiertos con cierto arbolado como escenario para sus trinos, es la curruca zarcera a la que sorprendes entonando uno de sus reclamos.

Escribano triguero (Emberiza calandra)
Sobre una rama seca y visible, se le puede oír desde casi cualquier lado.
Curruca zarcera (Sylvia communis) macho.
Es muy fácil verla cantar en lugares como este, donde se la identifica fácilmente.

El calor que todavía precede al otoño comienza a apretar y vas buscando sombra a lo largo del recorrido. Paras al fresco de un alto fresno y te sientas a tomar un poco de agua y reponer fuerzas, pues ya has recorrido gran parte del valle. En el tiempo que te tomas para coger aire y estirar las piernas, una gran sombra se dibuja en el suelo. Levantas la vista con la mano a modo de visera para evitar los rayos intensos de luz, y ves, en la copa de uno de los chopos que acompañan al Lozoya una gran corneja negra. Quizás espere a sus compañeras o esté ahí sola por algún  motivo hasta ahora desconocido.

Tras un rato largo, te pones en pie y sigues adelante con tu travesía, mirando hacia algo que se mueve en la rama de un árbol. Sacas los prismáticos y ves una pequeña gorriona con una extraña mancha amarilla. ¿Pero qué...? En seguida caes en que se trata de un gorrión chillón y no de una hembra de gorrión común. Menuda confusión más tonta.

Corneja negra (Corvus corone)
Un tamaño medio y su pico menos robusto, son las claves para diferenciarla del cuervo.
Gorrión chillón (Petronia petronia)
Su presencia es muy típica de dehesas, casetas o cantiles.

La presencia de este último habitante delata lo cerca que comienzas a estar de algún núcleo de población. Sus nidos los instala en ruinas, puentes o casas de labranza aunque también en otros sustratos más naturales. Sin embargo, una red de cableado de teléfono también hace evidente que estás llegando a algún pueblo de la sierra madrileña. Estos cables en ocasiones sirven a muchas aves para posarse y cantar sin reparo o para calentarse al sol de madrugada.

Seguro que antes los has visto llenos de estorninos, palomas torcaces, urracas, tórtolas y en ocasiones alguna rapaz. Por el camino que recorres y según avanzas, son los carboneros comunes o el serín verdecillo los que "cuelgan" esta vez, añadiendo un poco de color a tan feo cableado. Sin embargo, la que más llama tu atención es la golondrina común, que se posa en uno de los cables y deja ver su garganta de color rojo intenso.

Carbonero común (Parus major) macho
Sale de su lugar favorito, el bosque, para posarse en este cable, donde es más visible.
Serín verdecillo (Serinus serinus) macho
Llamativo y colorido, el verdecillo prefiere en ocasiones entonar su reclamo desde aquí.
Golondrina común (Hirundo rustica)
Muy habitual verlas colgadas de estos cables en o cerca de núcleos rurales.

Ahora sí, entras dentro del pueblo que llevas intuyendo desde hace un par de kilómetros. El olor a leña, a pan recién hecho y a sierra, mejoran con creces el aspecto del pueblo ya de por sí encantador. Geranios colgando de los balcones, puertas de las casas abiertas, y artículos artesanales en las tiendas de la plaza te hacen dejar de prestar atención a las aves por un momento. Aunque tarde o temprano vuelves a mirar para arriba, y es estos tejados están repletos de pequeños grupos gorriones o machos de estornino común entonando para sus chicas.

Gorrión común (Passer domesticus) macho.
Sobre los tejados se va moviendo a saltos en busca de semillas.
Estornino negro (Sturnus unicolor) macho.
Las largas plumas de la garganta delatan el sexo de este estornino.

Tras este pequeño pero intenso viaje a través de algunos de los rincones más mágicos del valle del Lozoya, se puede observar que desde los bosques más densos hasta los pequeños y encantadores pueblos por los que pasa este río tan entrañable, existe una diversidad única, un tesoro del que pueden presumir orgullosos los vecinos del valle. Ahora solo nos queda una tarea, cuidar este tesoro.

martes, 20 de septiembre de 2016

Cantos y colores de La Pedriza

Dentro del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares y al sur del arroyo de la Dehesilla, se encuentra una de las tres partes, geológica y paisajísticamente diferentes, de la famosa Pedriza, La Pedriza Anterior. Aunque su relieve no supere los 1750 metros, en su extensión alberga una biodiversidad que sorprende al visitante, que no deja de toparse con una flora y una fauna únicas en esta zona tan cercana a varios núcleos urbanos.


Entre bosque mediterráneo y vegetación propia de las regiones de montaña, los ecosistemas forestales y matorralizados abundan en las laderas, mientras que las praderas y pastizales se abren junto con las pequeñas llanuras que quedan a la vera del camino. Un escenario magnífico para el desarrollo de la vida en La Pedriza y unas vistas espectaculares.

Paisaje de La Pedriza
Una de las vistas que se puede obtener durante el paseo

En una visita primaveral, hace ya unos meses, visité esta parte de dicho macizo, y caminando por la ladera que vierte sus aguas al Embalse de Santillana, se puede identificar bastantes aves, las cuales presentan en primavera tan coloridos plumajes y lo más importante, tan variadas melodías y cantos. Y es que durante los meses que dura esta estación y casi hasta el final del verano, las aves se vuelven más cantoras que nunca. Todo un repertorio que además de ser una maravilla, se convierte en un recurso más para identificar aves.

Pinzón vulgar (Fringilla coelebs)
Macho de pinzón vulgar (Fringilla coelebs).
A los pinzones les encantan, entre otras, las semillas de fresnos como este.

Este fringílido de manchas blancas y colores rojizos, se alimenta de frutos y semillas, pero cuando no está atareado tratando de llenar su estómago, se pone en una ramita medianamente escondida y pone a prueba toda su capacidad pulmonar. Sus dos o tres trinos de forma ascendente, acaban en un floreo "chuuu-ii-o".

La tradición ganadera, en su mayoría bovina, en esta parte del norte de Madrid, provocó en su día el levantamiento de una red de muros de piedra natural, que son hoy sustrato para una variedad de especies vegetales. Entre estas, se encuentra la zarzamora, que crece en el borde y base de algunas partes de estos muros. Si paseamos mirando y atendiendo a esta espinosa planta, podemos dar con un ave de apenas unos 10 gramos que se mueve cómodamente entre sus tallos y espinas, la "bigotuda" curruca carrasqueña. 

Curruca carrasqueña (Sylvia cantillans)
Macho de curruca carrasqueña (Sylvia cantillans).
Pequeñas y esquivas, las currucas se mueven sigilosamente entre la vegetación.

Este macho concretamente anduvo haciendo ruido entre la vegetación, hasta que, tras esperar pacientemente, salió y se posó en esta ramita seca para dejar ver su bigotera blanca, su barbilla anaranjada y su llamativo anillo ocular de un rojo vivo. Sin duda una mezcla de colores perfecta.

Dejando de lado los colores y volviendo a los cantos, una especie que brilla por su fácil identificación mediante su trino es la alondra totovía. Más pequeña que su prima campestre, este alaúdido de bosques abiertos realiza un "tliu-tliu" afalutado y descendente que puede escucharse desde lejos y que difícilmente se puede confundir.

Alondra totovía (Lullula arborea)
Alondra totovía (Lullula arborea) adulto con ceba.
Como su nombre científico indica, es una especie más forestal.
Alondra totovía (Lullula arborea)
Alondra totovía (Lullula arborea) adulto en un cable.
En las zonas en las que abundan, es más fácil verlas colgadas de los cables.

Cuando su pico no está lleno de invertebrados con los que dará de desayunar a sus pollos, se la puede oír desde posaderos como este en las zonas donde hay postes eléctricos o desde rocas en bordes de bosque o zonas más abiertas. De aspecto similar al del resto de aláudidos, se diferencia por la banda blanquecina que hay encima del ojo.

Herrerillo común (Cyanistes caeruleus)
Herrerillo común (Cyanistes caeruleus) adulto.
A lo largo del recorrido las encinas esconden aves tan bonitas como esta.
Más sobre esta especie haciendo click aquí.

El herrerillo, algo más común que las últimas aves, presenta un traje amarillo con sombrero y capa de color azul. Esta pequeña ave acompaña al relicto bosque de encinas que crece desesperadamente en el rocoso suelo de La Pedriza. En este tipo de árboles, el herrerillo encuentra las orugas necesarias para su alimentación.

A medida que se va avanzando y que nos separamos más y más de las zonas más humanizadas, empezamos a alcanzar la Pedriza más salvaje, los territorios de las grandes rapaces, por lo que conviene no dejar de mirar el cielo en busca de aves como busardos ratoneros, buitres negros y leonados, águilas calzadas, culebreras o milanos.

Águila calzada (Aquila pennata)
Águila calzada (Aquila pennata) adulto morfo claro.
Fijarse en las plumas negras y la cabeza de color castaño.
Buitre leonado (Gyps fulvus)
Buitre leonado (Gyps fulvus) adulto.
Carroñero por excelencia, surca los cielos con su enorme envergadura.
Buitre negro (Aegypius monachus)
Buitre negro (Aegypius monachus) adulto.
En el norte de Madrid y desde la Pedriza, se pueden ver ejemplares de esta emblemática rapaz.
Busardo ratonero (Buteo buteo)
Busardo ratonero (Buteo buteo) adulto.
Más barrado que las anteriores, se posa frecuentemente en los tendidos eléctricos.
Culebrera europea (Circaetus gallicus)
Culebrera europea (Circaetus gallicus) adulto.
Estrictamente cazadora de ofidios (serpientes) su color claro y su cabeza marrón la delatan.
Milano negro (Milvus migrans)
Milano negro (Milvus migrans) adulto.
Domadora del viento, esta rapaz abandona nuestros cielos todos los años a finales del verano.

Las características de la zona no son las adecuadas para poder albergar nidos o colonias de todas estas especies, sin embargo, la infinidad de claros que se abren en el bosque y la sucesión de pastizales dedicados al ganado, son el área de campeo perfecta para tan suculenta selección de rapaces. Allí encuentran todos y cada uno de los recursos alimenticios que necesitan y se convierten en uno de los principales atractivos de este macizo rocoso.

Estas zonas abiertas, se abren paso acompañadas en todo momento por un borde forestal, por lo que se vuelven a escuchar los cantos y trinos mientras se divisan desde lejos las plumas de colores. En este caso se trata del verdecillo, de sonido característico y de color más amarillo que verde, que no falta en cualquier itinerario de campo durante los meses de primavera y verano.

Serín verdecillo (Serinus serinus)
Macho de serín verdecillo (Serinus serinus) adulto.
Sus cantos ponen banda sonora al paisaje y ecosistema de la Pedriza.
Mosquitero papialbo (Phylloscupos bonelli)
Mosquitero papialbo (Phylloscopus bonelli) adulto.
De vientre más pálido que los otros mosquiteros y mucho menos amarillento.

Algo menos colorido pero igual de cantrín que el serín verdecillo, se puede escuchar o llegar a ver al mosquitero papialbo, exclusivo de este momento del año. Su famoso reclamo disilábico: "chu-ii" se escucha en parte del valle y resuena entre los robles por los que principalmente se le puede encontrar.

Saliendo una vez más del frondoso bosque hacia zonas más abiertas o incluso más matorralizadas, encontramos sabinas, enebros y jaras, que adornan un paseo ya de por sí agradable. Entre las aves que se pueden ver en este escenario se encuentran las currucas, que se mueven con comodidad entre la vegetación. Sin embargo, hay un par de aves que necesitan ser más visibles y es que no quieren que las hembras de su especie se pierdan sus irresistibles colores y sus atractivos cantos.

Escribano soteño (Emberiza cirlus)
Macho de escribano soteño (Emberiza cirlus) adulto cantando.
Su canto breve y monótono recuerda al del mosquitero papialbo, pero más largo.
Zarcero políglota (Hipolais polyglotta)
Zarcero políglota (Hippolaris poliglotta) adulto cantando.
Desde lo lato de una rama entona un reclamo de tipo gorrión: "trr, che-che"

Estos son el escribano soteño y el zarcero políglota, dos pequeños puntos amarillos que pueden verse desde lejos, cantando en lo alto de un árbol, bien visibles. El escribano reside aquí todo el año, pero el zarcero acaba de llegar de un largo viaje desde el continente africano y no puede perder un segundo y se pone a cantar

La que también ha llegado de África y ya se encuentra como en casa es la golondrina dáurica, que vuela junto a aviones comunes y golondrinas comunes de forma vertiginosa a ras del suelo, capturando los invertebrados que abundan en las zonas más abiertas.

Golondrina dáurica (Cecropis dáurica)
Golondrina dáurica (Cecropis daurica) adulto con la Pedriza de fondo.
El evidente obispillo blanco y su cola de golondrina son inconfundibles características de la especie.

Vuelos en círculo o picados de infarto, estas son el tipo de acrobacias que realizan para dejar embobado a cualquiera durante un largo periodo de tiempo. A su lado y casi a la misma velocidad, vuela otro grupo de aves que se distinguen claramente de las golondrinas, los vencejos.

Vencejo común (Apus apus)
Vencejo común (Apus apus) adulto sobrevolando pastizales.
Surcando los cielos a gran velocidad va atrapando a sus diminutas presas.

A modo de boomerang, vuelan de un lado a otro capturando insectos voladores, hasta generar una bola de invertebrados que guardan en su boca y que utilizarán posteriormente en su nido para alimentar a su prole.

Justo debajo de tanto movimiento, se extiende el pastizal, y en él un pequeño grupo de aves comunes se alimenta sin parar un segundo. Urracas, lavanderas, estorninos, cigüeñas, gorriones, mirlos y otras muchas especies más, avanzan caminando o a saltitos, a la vez que van recopilando semillas e invertebrados, una tarea necesaria, pues su éxito marcará la diferencia en la supervivencia de sus crías.

Cigüeña blanca (Ciconia ciconia)
Cigüeña blanca (Ciconia ciconia) adulto marcado con la anilla de PVC: "ANEN".
Es típico ver bandos en los campos que acompañan al camino.
Estornino negro (Sturnus unicolor)
Estornino negro (Sturnus unicolor) adulto.
Lo cierto es que sus colores no son los más llamativos, pero lo compensa con su canto.
Lavandera blanca (Motacilla alba)
Lavandera blanca (Motacilla alba) adulto con ceba.
Frecuente en zonas húmedas mientras se alimenta en áreas abiertas.
Milro común (Turdus merula)
Macho de mirlo (Turdus merula) adulto.
Aunque llueva, las plumas no se mojan gracias a aceites que extienden por todo su cuerpo.




Pincha en la imagen para ver la lista
completa de las 45 especies observadas
en la Pedriza: