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martes, 17 de mayo de 2016

Las últimas nieves de Peñalara

A lo largo de la subida a las lagunas que rodean la base de tan famoso pico, es habitual ver que la naturaleza todavía se resiste al cambio de estación. Un manto de nieve cubre, todavía, parte de los bosques y laderas de un paisaje que es el escenario de la vida. Las flores crecen y adornan las pocas praderas que no están tapadas todavía por la nieve. Mientras se puede ver a las aves trayendo material a los nidos, cantando desde sus elevadas ramas o cortejándose unas a otras.

Nieves de Peñalara
Las últimas nieves de Peñalara.
Narciso de roca (Narcissus rupestris)
Un precioso narciso de roca (Narcissus rupestris) empieza a crecer con la primavera.

Desde el parking de Valdesquí, situado un poco más abajo del centro de visitantes, se escuchan los voceríos de varias cornejas negras. Las vocalizaciones, como esta, son muy importantes en la comunicación entre córvidos. Sus gritos se escuchan a kilómetros y acaban despertando al resto de la ladera.

Con mi papel y mi boli para apuntar todas las especies, comienzo a subir la asfaltada cuesta que pasa justo por delante del centro de visitantes del parque. Las praderas que rodean el entorno están llenas de vida y parecen dar una calurosa bienvenida a cada nueva persona que viene a conocer Peñalara. Una juguetona pareja de herrerillos capuchinos, un macho de colirrojo tizón en el tejado de la caseta y un cuervo grande empeñado en conseguir algo de alimento. Sin duda una preciosa manera de comenzar la mañana.

Cuervo grande (Corvus corax)
Cuervo grande (Corvus corax) en una de las praderas.
Esta especie es la más grande de los 9 córvidos de nuestra fauna.
Su población es mucho más numerosa en esta zona de la Comunidad de Madrid.
Macho de colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros) en el muro del centro de visitantes.
Al colirrojo se le puede ver siempre entre las rocas de los muros y las casetas.
Para saber más sobre esta especie haz clic aquí.

Entre tanto, no pierdo detalle de un pequeño carbonero garrapinos que se encuentra muy cerca, cantando entre las ramas de un rosal. Es curioso ver la facilidad que tiene para moverse entre las afiladas garras de esta planta. Sin previo aviso, el carbonero sale volando y se mete en una pequeña grieta en uno de los muros. Y es que a pesar de ser bastante forestal, el garrapinos también anida en lugares como este, aunque es mucho menos habitual, claro.

Carbonero garrapinos (Pariparus ater) 1
Carbonero garrapinos (Periparus ater) nuevo vecino del colirrojo tizón.
En esta rama, seguro que está a salvo de depredadores, y puede vigilar sin miedo su hogar

Con la nieve derritiéndose a causa del aumento natural de las temperaturas y de las horas de sol, los ríos llegan llenos de agua y los arroyos corren por la superficie, creando pequeños charcos a lo largo del camino que se adentra en un frondoso pinar. En él puedo comenzar a escuchar el canto del petirrojo europeo, que enseguida se deja ver para convertirse en el nuevo motivo de mi sesión fotográfica. También los pequeños grupos de piquituertos entretienen a cualquiera. Asombra ver cómo sus picos están preparados para hacerse con las semillas  de dentro de las piñas

Petirrojo europeo (Erithacus rubicola) sobre una madera.
Los colores de su pequera contrastan mucho con sus grises y pardos de su parte dorsal.
Hembra de piquituerto (Loxia curvirostra) sobre la copa de un pino.
Las hembras son de este color verde amarillento, mientras lo machos se chulean del colorido de su plumaje.
Joven de piquituerto común (Loxia curvirostra) picotenado las yemas.
Los juveniles tienen estas bandas tan oscuras en la parte ventral y lateral.

Si tuviera que destacar algo de Peñalara, que no fuera su paisaje y su riqueza, elegiría la asombrosa abundancia de un ave habitual de estos ecosistemas montanos, el acentor común. Daba igual dónde mirases, encima de una retama, en el suelo, en la rama de un árbol, sobre la poca nieve que queda, etc. Allí estaba, esperándote.

Acentor común (Prunella modularis) sobre la poca nieve que queda en la subida.
Aunque hayamos entrado ya en la primavera tardía, la nieve y el frío singuen siendo terribles enemigos de las aves.
Por eso encontrar una fuente de alimento como esta piña abierta es un lujo que solo unos pocos se pueden permitir.
Acentor común (Prunella modularis)

Llegando ya a una zona más abierta que sube hasta la Laguna de Peñalara, el ambiente cambia por completo. La nieve aun está presente, pero se derrite, poco a poco, encharcando casi todas las praderas que rodean la pasarela de madera que comunica el camino con la laguna. Entre ellas se deja ver, con algo de vergüenza una collalba gris. Su famosa cola con colores que forman una T invertida delata  su presencia.

Deshielo en Peñalara.
Collaba gris (Oenanthe oenanthe) sobre una de las rocas de la pradera.
Esta preciosa ave de marcados contrastes en cu plumaje, se alimenta de invertebrados.

Ya casi en la laguna, alguna que otra pareja de pardillos comunes revolotea de un lado a otro haciendo el característico ruido de los pardillos comunes. En un momento uno de los machos se posa en un poste de madera y es el momento de inmortalizar la escena. No pierden de vista mis moviemientos, un pequeño grupito de dos o tres aviones roqueros, que bajan de vez en cuando al suelo a beber del agua del deshielo.

Macho de pardillo común (Carduelis canabina) sobre uno de los postes que van junto a la pasarela.
En los machos, recordad, que lo que predomina son los colores rojizos.

Tras pasar una buena mañana en la laguna y disfrutar de su belleza, toca poner rumbo a casa y ver qué aguarda la vuelta. Además de ver algún que otro agateador europeo, también sigo los movimientos de una pareja de escribano montesino que parece tener el nido cerca del camino pues veo que no paran quietos, que vuela de aquí para allá pasando de vez en cuando con unas ramitas para el nido.

Escribano montesino (Emberiza cia) sobre una roca.
El dibujo de la cara de esta especie es único. Solo el escribano soteño tiene un dibujo parecido.
Sin embargo, los colores del montesino son azulados mientras que los de su primo el soteño son amarillos. 

Finalmente toca despedirse, pero no sin antes cerrar los ojos una vez más para disfrutar del sonido de la sierra, de las laderas que recogen el agua del deshielo. Carboneros garrapinos y acentores, abundantes por los bosques de la sierra, son la melodía de subida a las lagunas. Pero sin duda queda grabado en la mente el griterío del trepador azul, que posado en una pequeña rama que os dejo más abajo en una grabación.

Acentor común (Prunella moddularis) cantando.
Carbonero garrapinos (Periparus ater) cantando.
Trepador azul (Sitta europea) cantando


Lista completa de las aves vistas y/u oídas (*):

2 Cuco común*
1 Abejaruco europeo*
7 Arrendajo euroasiático
4 Corneja negra
3 Cuervo común
3 Avión roquero
17 Carbonero garrapinos
3 Herrerillo capuchino
1 Trepador azul
1 Agateador europeo
1 Reyezuelo sencillo
5 Petirrojo europeo
2 Colirrojo tizón
1 Collalba gris
1 Mirlo común
1 Zorzal charlo
31 Acentor común
7 Escribano montesino
5 Pinzón vulgar
9 Piquituerto común
2 Pardillo común
1 Verderón serrano

martes, 16 de febrero de 2016

Montaña y ecosistema alpino

A los más montañeros les gustará conocer la gran variedad de especies que abundan por los escenarios de sus duras travesías. En ocasiones cuando estamos en una marcha, pensando en nuestras cosas, meditando o simplemente conversando con nuestro compañero, no atendemos a lo que ocurre a nuestro alrededor. Nos encanta disfrutar de un ecosistema único una maravilla pero que está librando una batalla silenciosa, ¿quieres sumergirte con nosotros para averiguar cuál? Adelante.

Montaña y ecosistema alpino, motivo de este artículo.

¡Bienvenido de nuevo! Seguro que has sido capaz de notar en tus travesías, en las rutas que preparas por la montaña o las serranías algunos de los principales efectos de los cambios altitudinales y si no es así, atento que es sencillo. Seguro que lo primero que notamos al subir es la necesidad de ponernos algo más de abrigo, quizás unos guantes, un gorro o una bufanda. Algunos necesitamos pronto una cantimplora de agua para combatir la fatiga. 

A los 900 metros de altitud la temperatura media puede encontrarse entre 12 y 16º C, lo cual esta bastante bien para nosotros, un poco de fresco, pero soportable. Por esas alturas, más o menos encontramos todavía algunas poblaciones donde el protagonista del 2016 todavía mantiene efectivos intentando soportar estas temperaturas medias anuales. Nos referimos al gorrión común. Los recursos en los ecosistemas rurales todavía son abundantes. O bien en cultivos pequeños y barbechos o incluso de los desperdicios generados por los habitantes.

Macho de gorrión común (Passer domesticus) en un pueblo de la Sierra de Madrid.

Por encima de esta altitud y llegando hasta los 1.700 metros la temperatura baja considerablemente hasta los 8º C de media anual. El frío empieza a ser considerable y nos encontramos con los pisos de vegetación que mejor empiezan a soportar las bajas temperaturas. Robledales como este dejan los caminos llenos de color "otoño".

Robledal de melojo (Quercus pyrenaica) primeros pisos.

Algunos córvidos prefieren no ascender mucho en altitud y acuden a las pocas tierras de labor y pastizales para ganado que quedan, para sacan provecho allí de los recursos que encuentran. A especies como la corneja negra se las puede ver en estos pisos o incluso en algunos más bajos. Casi siempre en parejas o grupos pequeños generando la mayoría de las veces disputas y regañinas por pequeños pedazos de alimento.

Corneja negra (Corvus corone) una vez alcanzados los 1.700 metros de altitud.

Las partes más altas ya comienzan a estar ocupados por bosques de coníferas y pinares. Según ascendemos encontramos especies más resistentes al frío, Por lo tanto es posible encontrarse con un piso intermedio de reducidas extensiones antes del pinar, bosques de haya. Hasta aquí se puede encontrar fácilmente alimento, pues roble y haya ofrecen unos frutos accesibles a casi todas las aves. Sin embargo, el pinar genera un fruto cerrado casi herméticamente a las que solo las que posean un pico más potente podrán hincarle el diente.

Pinares de pino albar (Pinus sylvetris) en el siguiente piso bioclimático.

Entre los troncos de los pinos tres aves pelean de forma competitiva por hacerse con un manjar, una gran reserva de proteínas, las larvas de xilófagos. Estos son artrópodos que se alimentan de la madera y cuyas larvas también comparten esta peculiar dieta. La ventaja es que estas larvas son relativamente fáciles de encontrar para este trío de aves. Nos referimos al críptico agateador común, al potente y colorido pico picapinos y al agradable trepador azul. En cada tronco de cada pino de estos bosques peculiares se puede ver subir escalando de forma acrobática a uno, al otro o incluso al tercero, a cualquiera de los tres.

Agateador europeo (Certhia brachydactyla) pasando casi desapercibido.
Pico picapinos (Dendrocopos major) intentando abrir una piña.
Macho de pico picapinos (Dendrocopos major)
Además de en los bosque más altitudinales, también se encuentra en frondosas menos elevadas.
Pico picapinos (Dendrocopos major) los colores rojos, negros y blancos le dan cierta belleza.
Trepador azul (Sitta europea) tras inspeccionar el hueco de un pino.

Las grande rapaces como el buitre leonado también se puede observar cuando el bosque clarea y deja espacio para ver el cielo. Sin embargo si miramos al suelo podemos encontrarnos dos aves tremendamente comunes, el carbonero común y el mirlo común. Ambas han colonizado gran parte de los ecosistemas arbolados sino todos, incluyendo los parques y jardines urbanos. (Ver "Nuestros desconocidos vecinos alados"). Aquí intentan hacerse con lo que puedan, lombrices, otros invertebrados, frutos de majuelos y zarzas, etc.

Buitre leonado (Gyps fulvus) fácil de ver y diferenciar por su cola redondeada y sus colores pardos
Pareja de carboneros comunes (Parus major) llamativos colores para este suelo tan marrón.
Las acículas del pino no permiten que crezcan las semillas de otras plantas, por lo que son una despensa perfecta.
Pareja de mirlo común (Turdus merula) dos machos inspeccionando el terreno blando.
Aquí pueden encontrar lombrices u otros invertebrados.

Una de las cosas que más me gusta, si me lo permitís, es ver los inquietos bandos de mitos de aquí para allá y de esa rama a esa otra, meneando sus largas colas que bien podrían ser las de unos ratoncillos. Sus discretos sonidos no pasan inadvertidos para nuestras curiosas miradas. ¡Me encantan! Un rato después, cuando empiezan a aparecer las primeras paredes de roca sale otra ave de cola inquieta, el más común de los inquilinos del roquedo, el colirrojo tizón

Mito común (Aegithalos caudatus) uno de los integrantes de estos grupos tan dinámicos.
Macho de colirrojo tizón (Poenicurus ochruros) sobre las rocas graniticas.

Aparecen ya pasados los 1.700 los auténticos cazadores del pinar. ¿Quiénes se os ocurre que pueden ser? ¿Algún felino? ¿Una rapaz? Sencillamente un par de especies, el reyezuelo sencillo y el reyezuelo listado. ¿Cazadores? Pero si apenas superan los 5 gramos. Pues sí, son unos auténticos cazadores de mosquitos y arañas que son tan pequeños que casi son invisibles para nosotros. 

Reyezuelo sencillo (Regulus regulus) marcado píleo colorido.
Reyezuelo listado (Rgulus ignicapilla) su píleo también tiene estos colores.
Distinguible por la línea blanca que le recorre todo el ojo (brida).

Al alcanzar las primeras cumbres, el bosque casi desaparece, dejando a la vista el hábitat del grandioso buitre negro. Elegante plumaje y potente vuelo para una rapaz muy amenazada, entre otras a causa del indiscriminado uso de venenos que de forma ilegal y no selectiva acaba con depredadores de todo tipo y tamaño. 

Preciosa estampa del cicleo de tres buitres negros (Aegypius monachus).
Buitre negro (Aegypius monachus) sobrevolando las fresnedas, su lugar de campeo.

Por último, las zonas más montanas, de nieves casi permanentes o al menos presentes, llegan las zonas por encima de 2.100 metros de altitud donde los pocos árboles se quedan ridículos a causa del viento, la temperatura media puede ser de menos de 4º C. Aquí las piñas son el principal objetivo de unos especialistas de hacerse con las semillas de su interior, el piquituerto común. La característica forma de su pico le permite colarse de forma ventajosa en esta competente lucha por los escasos recursos que la montaña y su bosque ofrecen. De los restos que quedan tras el paso de los piquituertos y rebuscando un poco más entre las piñas y sus brácteas se puede sacar provecho, y es lo que hacen carboneros garrapinos y herrerillos capuchinos las dos eternas aves de los bosques de coníferas.

Hembra de piquituerto común (Loxia curvirostra) con su característico pico.
Todavía alimenta a uno de los últimos pollos de la nidada de este año.
Aquí el susodicho juvenil de piquituerto común (Loxia curvirostra)
Carbonero garrapinos (Periparus ater) rebuscando entre las piñas caídas.
Herrerillo capuchino (Lophophanes cristatus) aprovechando las brácteas que caen tras el paso de los piquituertos.

Por último y casi en la cumbre más alta aparece el acentor alpino, sencillo de diferenciar por su base del pico amarilla, sus motas blancas en las coberteras y los flancos del vientre de color tostado.Sin duda es el que más complicado lo tiene. Pero ahí arriba se puede encontrar algo de alimento, por el suelo donde se hace con insectos o semillas o aprovecha las miguitas de los bocatas de los montañeros, un gesto muy entrañable y que nos acerca a este pequeño y misterioso habitante misterioso. 

Acentor alpino (Prunella collaris) en una de las cumbres de la Sierra Madrileña
Silueta del acentor alpino (Prunella collaris) en ocasiones las condiciones son muy duras a más de 2.000 m
Acentor alpino (Prunella collaris) junto a la nieve y la niebla que cubre las cumbres.

Como habréis observado, los recursos escasean y las temperaturas bajan, según ascendemos.Sin embargo la naturaleza despliega sus mejores versiones de adaptación para poco a poco abrirse camino entre los pisos bioclimáticos más elevados.  Realmente hay una lucha silenciosa y no violenta por hacerse con más y más recursos, ya que los pocos que hay, en ocasiones, son además poco nutritivos. Esto es lo que los ingleses llaman "The Wild Life".


martes, 22 de diciembre de 2015

Buscando al pinzón real por el Pardo

Motivado el relato de un pajarero que confirmaba la invernada de este pequeño figílido en el Pardo, me decidí a buscarlo durante una mañana de la semana pasada. ¿Por qué ahora? Sencillo, este pariente del abundante pinzón vulgar, únicamente visita nuestro territorio durante el invierno. Su invernada se extiende por toda la Península pero de forma poco abundante a excepción de varios puntos en Galicia y Castilla y León. De ahí que intentar ir a buscarlo al Pardo sea una tarea complicada.

Hembra de pinzón real (Fringilla montifringilla) Imagen dibujo digital
Hembra de pinzón real (Fringilla montifringilla). Imagen digital.
Esta es el aspecto físico de una hembra de pinzón real. Son ellas las que migran más al sur, los macho no lo hacen tanto, es por eso que es más probable ver a la hembra durante el invierno que al macho, aunque hay citas de machos jóvenes en el sur de la Comunidad de Madrid. Bueno, una vez conocéis un poco a la especie, vamos a recorrer juntos este viaje a ver si lo vemos.

Empecé recorriendo varios kilómetros en paralelo al río Manzanares por la zona de Mingorrubio, dentro del Pardo. El bosque de ribera, hábitat preferente de nuestro protagonista, decora todo el margen del río, como debería ser. Allí me voy fijando en cada una de las sombras que se mueven en grupo entre las ramas a ver si alguna es este visitante invernal.

Antes de entrar, varias grajillas occidentales revolotean por mi alrededor gritando y peleándose unas con otras. Bandos volando, otras por el suelo rebuscando algún alimento, ya que ahora en invierno este escasea, y otras tantas en los árboles descansando y arrancado la corteza de algunos árboles. Muy dinámica y gritona esta especie de córvido.

El ruidoso bando de grajillas occidentales (Corvus monedula) se concentra en árboles como este.
En invierno la especie pasa la noche en dormideros monoespecíficos donde se pueden llegar a untar cientos de aves.
Una pareja de grajillas occidentales (Corvus monedula) sacan provecho de la corteza de este árbol.
En invierno los recursos son muy limitados, sin embargo los córvidos son astutos en este aspecto.
Primer plano de una grajilla occidental (Corvus monedula).
Se aprecia su iris claro que contrasta con el negro de sus plumas.
Entre tanto y saliendo desde una zarza un pequeño pajarillo se presenta ante mi luciendo una hermosa pechera roja, se trata del atrevido petirrojo europeo. Pocas especies pasan solas el invierno y evitan juntarse con otros miembros de su especie, entre ellas se encuentra este solitario habitante del bosque de ribera.

Petirrojo europeo (Erithacus rubecula) pequeño pero llamativo.
Inconfundible con su pechera de color rojo anaranjado
Primer plano de petirrojo europeo (Erithacus rubecula)
Entre las ramas secas de los árboles se identifica muy bien gracias a su llamativa mancha.
Durante el resto de la jornada lo pude seguir viendo por el camino, saliendo de entre los arbustos o posándose en alguna ramita seca de los fresnos de la ribera, a veces con la ayuda de mis prismáticos y otras sin ellos gracias a la confianza que muestran, a veces se llegan a aproximar mucho hasta donde estaba.

Una especie que tampoco pasa desapercibida, es la paloma torcaz. A ella no le pasa como al petirrojo, no son sus colores o su confianza la que la hacen destacar, sino su abundancia. Enormes cantidades de esta paloma se extienden a lo largo de toda la ruta, la inmensa mayoría en bandos grandes, otras pequeños, algunas en solitario, y pocas en parejas. El collar blanco que presentan los adultos las diferencian del resto de miembros de la familia de las palomas (columbidae).

Bando de paloma torcaz (Columba palumbus) descansando sobre un fresno.
Normalmente se ve en pequeños bandos, pero en invierno estos son mucho mayores.
Otro bando de paloma torcaz (Columba palumbus) se alimenta en una zona degradada.
Su gran tamaño y su diagnóstico collar blanco las hacen inconfundibles.
Entre tanta especie habitual no podía faltar la urraca común que he conseguido percibir la elevada densidad que tiene en el ecosistema de encinas adehesadas del pardo. Es un fenómeno que ya me habían comentado en otros lugares de la península. Aquí se las escuchaba de lado a lado gritando y volando sigilosamente como si algo maligno estuvieran tramando. A pesar de ello son muy bonitas con sus colores blanco y negro, adornados con reflejos verdes azulados.

Urraca común (Pica pica) rebuscando alimento al pie de una encina.
Otras especies comunes pasaban a mi alrededor, o se les escuchaba en la cercanía. Aves cantoras tan reconocibles como el carbonero común con su "chip, chip, pan", el estornino negro y sus cantos de imitación o el mirlo común con su característico sonido aflautado. De este último se pueden ver machos y hembras volando por todos lados en el denso bosque de ribera que acompaña al Manzanares.

Macho de mirlo común (Turdus merula) llamativo pico naranja y oscuro plumaje negro.
Hembra de mirlo común (Turdus merula) menos llamativa, y más parda que negra.
Es precioso caminar con sus cantos a modo de banda sonora, hacen agradable este paseo aventurero en busca del pinzón real, no nos olvidemos de él, que hay que encontrarlo todavía. Queda mucho camino por delante y otra ave cantora delata su presencia con su más que reconocible canto, este es más melódico y que sigue una estrofa muy clara. Se trata del casi invisible y escurridizo cetia ruiseñor, que normalmente se esconde entre la vegetación para pasar visualmente desapercibido pero su canto le delata. Es por eso que a veces es complicado fotografiarlo, pero... ¡¡Aquí está!!

Cetia ruiseñor (Cettia cetti) sale de entre las ramitas de la orilla.
Esta especie está muy asociada a ecosistemas acuáticos y de ribera como este.
Justo al otro lado de donde se encuentra el cetia ruiseñor, un pequeño mosquitero común levanta constantemente el vuelo, va de rama en rama, saltando rápidamente, sin apenas deternse y haciendo casi imposible fotografiarlo quieto.

Mosquitero común (Phylloscopus collybita) entre las ramas y hojas secas de algunos arbustos.
Es una especie insectívora, por lo que cerca de las zonas húmedas encuentra mayor alimento.
Otro vecino de nuestro cantarín amigo por estos ecosistemas es el diminuto chochín común, que apenas llega a los 10 cm de longitud, Aunque esta no es la más pequeña de nuestras aves es muy entrañable ver al chochín revolotear entre las ramas y las zarzas. Se trata de un pajarillo pardo sin colores llamativos, pero si destaca su cola constantemente levantada, tal y como muestra la siguiente imagen.

Chochín común (Troglodytes troglodytes) junto a una zarza en la ribera.
La ceja clara destaca mucho en su plumaje pardo, es bastante forestal, sobre todo de zonas húmedas.
Lo cierto es que el escenario no puede ser mejor, las hojas de los árboles siguen cayéndose, un frescor húmedo envuelve el ambiente y cantidad de sonidos llaman mi atención, urracas gritando, bandos de grajillas pasando, el aleteo de las torcaces al despegar y entre tanto el tamborilear de un pico picapinos. Se trata de un macho, ya que presenta una mancha roja en la nuca, que va poco a poco comprobando las ramas sin hojas de los árboles, en busca de las larvas de algunos insectos.

Macho de pico picapinos (Dendrocopos major) en un escenario excepcional.
Esta imagen no he querido aumentarla para poder apreciar la belleza del momento.
Casi se me olvidaba contaros la cantidad de bandos de gaviotas que pasan en dirección sur en formación de migración. La mayoría de ellas serán gaviotas reidoras y sombrías. Ambas tienes una fuerte representación durante el invierno en la Comunidad de Madrid. La dirección de su viaje está relacionada con su destino, ellas pasan la noche en los embalses de la Sierra de Madrid, que para ellas son más seguros, mientras que al amanecer ponen rumbo a los vertederos del sur de Madrid, donde encuentran suficiente "alimento" como para pasar el invierno.

Siete gaviotas de un bando mayor vuelan hacia el sur tras el amanecer.
Durante toda la mañana se pueden seguir viendo formaciones en "V" de varios individuos.
Siguiendo por la ruta que puede que nos lleve hasta el pinzón real, el camino sigue paralelo al manzanares, aunque de vez en cuando una pequeña senda se vuelve perpendicular y baja hasta la orilla. Con mucho sigilo me acerco y planto el trípode para observar algunas especies que chapotean en el agua. Entre ellas hay un grupo reducido de varios machos y hembras de ánade azulón, aunque el verdadero alboroto lo causan los zampullines comunes y las gallinetas comunes, estos primeros porque salen "corriendo" por la superficie del agua mientras mueven sus cortas y modificadas patitas, mientras que las gallinetas lo hacen con sus reclamos esporádicos y característicos .

Dos machos y una hembra de ánade azulón (Anas platyrhynchos) en el Manzanares.
Se trata de una especie muy extendida.
Zampullín común (Tachybaptus ruficollis) nada con tranquilidad por el Manzanares.
El zampullín muda sus plumas en invierno, pero hay ejemplares que mantienen su plumaje reproductor.
Ya creo que hemos encontrado al pinzón real, pues de entre los árboles veo como se remueven un pequeño grupo de pajarillos, pueden ser pinzones vulgares, una especie con la que se suele juntar su primo real. Saco mis prismáticos y recorro todo el árbol en busca de algún pinzón intruso dentro de este pequeño grupo. Pero no hay ninguno, todo son pinzones vulgares, machos y hembras. Habrá que seguir caminando a ver si la perseverancia hace su efecto.

Macho de pinzón vulgar (Fringillia coelebs) con sus colores más llamativos.
Las hembras son de un color pardo claro, más similares al pinzón real.
Siguiendo con la visita al Pardo, me encuentro con un atrevido carbonero garrapinos que no duda en acercarse más de lo necesario para picotear las semillas de los fresnos. Un revoloteo para allá y se pone bocabajo para acceder a dicho alimento. En ocasiones parece un pequeño trapecista moviéndose de un lado para otro sin miedo alguno. Aunque es más frecuente verlo en bosques de coníferas, parece encajar perfectamente en este paraje.

Carbonero garrapinos (Periparus ater) colgado del revés para acceder a las semillas del fresno.
Esta otoñal estampa es muy típica de los bosques, donde abundan los frutos que le gustan al garrapinos.
Justo por detrás de garrapinos, el agateador europeo entra en escena. Parece una bola redonda subiendo por el tronco de los árboles. Sube rápido y de vez en cuando se para a buscar entre los huecos que quedan en la corteza de los árboles. Él también se alimenta de los invertebrados de los árboles.

Agateador europeo (Certhia brachydactyla) buen escalador, la disposición de sus patas se lo permite.
Además cuenta con la ayuda de su cola, la cual le sirve de apoyo mientras sube o baja.
¡¡Ahora sí!! Tiene que ser ahora, justo entre esos matorrales donde he visto moverse a un grupillo de pájaros, tienen que ser pinzones vulgares con alguno real. ¡¡Ah!! Pues no, pero mi sorpresa es bastante grata cuando descubro que realmente se trata de gorriones molineros alimentándose entre los arbustos. Un gran bando invernal bastante nutrido pero muy tímido que poco a poco se va alejando, por suerte pude realizar algunas fotos y sobre todo un pequeño vídeo de escasos segundos.

Tres gorriones molineros (Passer montanus) se alimentan en a la vera del camino.
Destaca de esta especie la marcada mancha oscura de la mejilla sobre el fondo blanco.

Se me estaba complicando encontrar al dichoso pinzón real. Está claro que su invernada, excepto en el norte de la Península, es débil y creo que estaba comprobándolo con mis propia experiencia. Para aumentar mis posibilidades decido cambiar de margen del río y me dirijo hasta un puente para cruzar. ¿Qué hay de diferente entre un lado y el otro? Donde me encontraba abundaba la vegetación de ribera y el resto estaba bastante humanizado, sin embargo el otro lado, el bosque de galería lindaba con las dehesas de encinas, un cambio que puede tener o no sus consecuencias. Veremos que ocurre.

Para empezar empezaron a aparecer varias especies que no me había encontrado en el otro lado, como escribanos trigueros, algún pequeño bando de alondras comunes alimentándose en el pastizal adehesado, un fugaz alcaudón real al que conseguí pillar a duras penas o incluso unos juguetones mitos, saltando y piando de lado a lado sin darme un segundo para poder fotografiarlos. Lo cierto es que parecía que la otra orilla me deparaba nuevas sorpresas, no había tomado una mala decisión.

Alcaudón real (Lanius meridionalis) foto meramente testimonial.
Una pena no haberle pillado bien.
Al que si le pille pero bien es al zorzal común, una especie muy común de estos parajes semi-forestales y medio abiertos, como el alcaudón común. Ambos no tienen nada que ver, ya que el zorzal está emparentado con los mirlos. Su pecho moteado es característico y lo luce durante todo el año, gracias a él podéis identificarlo con una simple pasada de prismáticos. Lo complicado es toparse con ellos pues son bastante misteriosos y huidizos.

Zorzal común (Turdus philomelos) con su precioso pecho moteado.
Las bayas que el bosque ofrece en otoño e invierno son un manjar para este gran pájaro.
El camino continua paralelo al río Manzanares, entre la valla que limita el monte del pardo (privado) y el bosque de ribera que alberga a toda esta fauna alada que estamos viendo. Sin embargo, no todos son bienvenidos. La cercanía a un núcleo de población ha provocado el auge de la cotorra argentina, paseándose ruidosamente por el pardo. Esta especie exótica e invasora está empezando a ser un problema en muchas ciudades de nuestro país. (Si quieres saber más sobre esta problemática haz clic aquí)

Cotorra argentina (Myiopsitta monanchus) apoyada sobre la valla del Pardo.
Esta especie se ha extendido bastante en las últimas décadas.
Y estaba tan distraído con la cotorra que no me di casi ni cuenta de que llevaban un rato varios pinzones vulgares jugueteando por unos árboles que se encontraban un poco más lejos. Me fijo mejor y veo que entre ellos hay uno más clarito. Cojo mis prismáticos y.... Vaya es una hembra de pinzón vulgar, se  confunden un poco porque ambos son mas claros que el macho de pinzón vulgar, pero... Resulta que sí, esta vez si que sí aparece un pinzón real y se posa en la rama en la que hacía unos segundos había estado la hembra de vulgar. ¡¡Qué suerte!!

Hembra de pinzón real (Fringillia montifingillia) pecho amarillento y alas oscuras.
Como hemos explicado antes, son las hembras las que más al sur migran y esta se encontraba entre varios pinzones vulgares, tanto machos como hembras. Un bando muy mixto.
Entre tanto puedo disfrutar unos minutos más de este visitante invernal hasta que en su pequeño bando se van alejando. Unos segundos de confort y en seguida aparecen un grande de nuestra fauna, el buitre negro. Sus potentes alas se dejan ver desde abajo, esta vez va acompañado de otro buitre, también negro, me gustaría saber a donde van, pero el misterio me hace admirar mucho más esta especie. Juzgad vosotros mismos.

Buitre negro (Aegypius monachus) en un planeo de reconocimiento.
Lo cierto es que las rapaces también tienen otro representante de los encinares adehesados. El busardo ratonero no tarda en dejarse ver posado, como no, en un poste que usa a modo de atalaya desde donde puede abalanzarse en cuanto detecte a una presa. Normalmente estas son pequeños mamíferos y en ocasiones aves.

Busardo ratonero (Buteo buteo) posado en un poste con un ala abierta.
También se le puede ver cerca de las carreteras, posado en postes telefónicos.
Lo cierto es que este ecosistema alberga sorpresas de todos los tamaños y colores, por eso tras ver como el busardo desaparece entre las centenarias encinas continuo mi camino hasta encontrarme con el pequeño pero colorido herrerillo común. Es otra especie que está sacando partido de las semillas de los fresnos y es que ahora en invierno hay que intentar engordar, ponerse fondón y aumentar la grasa corporal para poder sobrevivir durante esta estación tan hostil.

Herrerillo común (Cyanistes caeruleus) aprovechándose de las semillas de los fresnos.
Mi camino ya es de vuelta y solo me queda disfrutar una vez más de este lugar, que además de otoñal, también es agradable y relajante. Os recomiendo dar un paseo por el entorno, donde podréis incluso ver a otro córvido, el rabilargo ibérico, una de mis aves favoritas, principalmente por sus colores, que aunque no son muy llamativos si que me parece una combinación excelente.

Pareja de rabilargos ibéricos (Cyanopica cookii), auqque suelen ir en grupos.
Aunque en la imagen no se aprecie, en las alas y la cola presenta unos colores azules.
Finalmente encontramos al pinzón real, aunque un poco ajustados pero conseguimos dar con él en el Pardo, en la zona de Mingorrubio. Os invito a que si nunca habéis visto a esta especie del norte de Europa os acerquéis al pardo que está a media hora de Madrid y que disfrutéis de sus encantos y ya de paso intentéis buscar vosotros vuestro pinzón real. Espero que os hayan gustado fotografías, vídeos y anécdotas.